jueves, 16 de noviembre de 2017

¡VIGILAD! ..para no caer en la tentación (Tomás Cremades)

Dijo Jesús a sus discípulos:”Estad atentos, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre, que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!  (Mc13, 33-37)

“…Estad atentos, pues no sabéis cuándo es el momento…”. En principio estremecedoras palabras de Jesús. ¿El momento de qué? Se preguntarían los Apóstoles. Y nos lo preguntamos nosotros. Jesús acaba de comentar ciertos acontecimientos que han de pasar antes de su Resurrección gloriosa y su última venida, para liberar a los elegidos. Muchos de los acontecimientos sucedieron ya como la caída del Templo de Jerusalén; otros están aún por llegar.
Jesús habla de catástrofes, de la llegada de falsos profetas, que, en su Nombre predicarán. El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz…es un lenguaje “apocalíptico”, muy al uso de su tiempo.
Constantemente nos llegan noticias del fin del mundo; de la cercanía de determinado asteroide que puede impactar con la tierra…Hasta ahora todos los agoreros han fallado. Estamos inmersos en un mundo tan globalizado, tan adelantado (sólo en algunos aspectos…), con una información en “tiempo real “, que nos permite saber y ver lo que sucede en cualquier punto del planeta, que nos angustia el momento del “fin del mundo”. Y sin embargo, ¡ha de suceder!
¿Por qué angustiarnos por ello? El fin del mundo, de nuestro mundo, es el día en que morimos…ese es nuestro “fin del mundo”. Y, no estamos preparados para ello.
Cuando éramos niños, y se estudiaba el Catecismo de la Iglesia Católica en los colegios…y había clase de Religión, y a nadie le extrañaba, y no nos sentíamos oprimidos por ello, ni dirigidos en una única dirección, cuando no nos sentíamos oprimidos por considerar que nos faltaba la “libertad”…entonces nos enseñaban algo que decía: “Piensa en las postrimerías, y no pecarás”. Quizá los lectores más veteranos, como yo, lo recuerden. Los más jóvenes, conviene que lo mediten. 
“Las postrimerías”: palabra extraña, que nos suena a “postre”. Y así es: el postre se toma al final de la comida. Al fin de nuestra vida terrenal. Las postrimerías nos enseña el Catecismo que son: muerte, juicio, infierno y gloria. Es lo que ha de suceder al fin de nuestros días. 
Yo creo que si meditamos sobre ello, efectivamente, no pecaremos. O pecaremos menos; o tendremos conciencia de pecado, algo que se ha perdido. Por desgracia también se ha perdido el interés por meditar (que no leer, el Evangelio). 
Y esto es lo que nos recuerda el Señor: Nuestras postrimerías. No sabemos cuándo ni cómo ha de suceder. Y cuando nos paramos a pensarlo, nos entra pavor. Y es natural: te ves tan sucio, tan leproso, tan desvalido ante el Juicio de Dios, tan merecedor del infierno, (eso si crees en ello), que… ¡es mejor no pensar! Es mejor meter la cabeza como el avestruz, y  pensar que todo esto no existe. Pero existe. Hasta aquí, el poder de las tinieblas. 
Pero olvidamos algo fundamental. La Misericordia de Dios. Dios ve nuestras miserias, las de nuestro corazón, (que es lo que significa la unión de las palabras, la palabra “cordia”, de cor-cordis, corazón), que se enternece con entrañas de Madre. Él modela nuestro corazón y sabe de nuestro barro. Sólo nos pide una cosa, y es bien fácil: No estar dormidos. Que nuestro corazón, como ” del centro neurálgico del amor, no esté dormido; que sea un centinela vigilante de nuestro actuar en la vida. Que nos mantengamos “despiertos”, alerta, ante las insidias del enemigo, que quiere arrebatarnos de nuestro destino ideado por Dios: el Cielo. Nos dice Jesucristo: ¡Velad! Es el mismo consejo que dio a los Apóstoles en el Monte de los Olivos, inmediatamente antes de la consumación de su martirio. “Vigilad y orad, para no caer en la tentación”.
Y no nos dejó solos. Como conoce nuestro barro, nos dio el Sacramento de la Reconciliación, para medicina de nuestras almas.
Resumiendo: la muerte nos acecha, pero no nos angustia. El enemigo nos persigue, pero Dios está con nosotros. 
Armas para vencer: Vivir en la Presencia del Señor, todos los días de nuestra vida; tener confianza en Él y en su Misericordia.
Y si caemos: no desesperación: acudir a la Reconciliación: es medicina segura.
Alabado sea Jesucristo

atribuir a un órgano del cuerpo humano una potencia espiritual (tomado de Orígenes, Padre de la Iglesia)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

POEMAS II.- LA SOBERBIA DEL CORAZÓN (Por Olga Alonso)

Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él.

Y les dijo: «Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.
Lc 16;14-15
LA SOBERBIA DEL CORAZÓN
La soberbia del corazón nubla los sentidos y ciega el alma.
La soberbia del corazón no permite escuchar y tiene aversión a la verdad.
La soberbia del corazón levanta barreras y se defiende porque no quiere claridades y teme tu palabra.
Tu palabra como un cuchillo penetra en los corazones que buscan, corazones que salen cada día a buscar respuestas que despiertan, respuestas que rasgan, que reconstruyen y que salvan.
La soberbia vive en un lugar elevado, dentro del corazón del hombre, segura y dueña de su verdad.
Pero cuando siente que su trono está amenazado por la transparencia de la verdad, se defiende, reacciona y por eso trataron de matarte, Señor
La mirada altiva del hombre será abatida, y humillada la soberbia de los hombres;
Is, 2, 11

martes, 14 de noviembre de 2017

Discipulado (Jose Luis Díez Soto)

¿Qué significa el discipulado?
Tomar la cruz sobre sí mismo 
Amar al prójimo como a sí mismo
Salir de sí mismo, Olvidarse de sí mismo
Y tomar a Jesús de la mano
Para caminar a su lado 

¿Qué significa el discipulado?
Tomar la cruz sobre sí mismo 
Amar al prójimo como a sí mismo
Salir de sí mismo, Olvidarse de sí mismo
Y tomar a Jesús de la mano
Para caminar a su lado 

viernes, 10 de noviembre de 2017

LA VIRGEN MARIA, NUBE DE MOISES EN EL DESIERTO (Tomas Cremades)


Se narra en el libro del Éxodo que, en la salida del pueblo de Israel de Egipto, una Nube les protegía en el camino: “…de día delante de ellos, para guiarles por el camino, y de noche, cual columna de fuego, para alumbrarlos, de forma que pudieran caminar dedía y de noche..” (Ex 13, 21-22).
Dice el texto, que era Yahvé que caminaba delante de ellos en forma de esta Nube. Y se me ocurre pensar como imagen bellísima de nuestra Madre María, caminado con nosotros de día y de noche protegiéndonos de las iniquidades del Maligno, en nuestro peregrinar por la tierra. No en vano la peregrinación del pueblo de Israel es anticipo de nuestra macha por la vida, como nuevo “Pueblo de Dios”. 
María, al igual que la Nube del desierto, nos protege del demonio de día, formando una niebla tal, que es imposible ver a su través. De noche, con su Luz, que irradia como nadie la Luz del Padre, nos guía por el camino. 
Son muy pocas las veces que María habla en la Escritura. Sólo lo indispensable, quitando, en su infinita humildad, todo protagonismo, para dejárselo todo al Humilde por excelencia, Jesucristo. No en vano ella misma en el canto del Magnificat nos dirá: “…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes…”.
En las Bodas de Caná, al darse cuenta de que faltaba el vino, le dijo a su Hijo: “…no tienen vino…”.Esta frase de nuestra Madre es más importante de lo que parece: no tener vino es no tener el vino de la fiesta, es no poder disfrutar del Vino Nuevo, que es Jesucristo en su Fiesta de “las Bodas del Cordero”. En efecto, Jesucristo en el Cielo es el novio - (Cordero sin mancha) -, que se desposa con el alma del creyente. 
Por eso nos dirá Jesús en su Evangelio: “… ¿Es que tienen que ayunar los amigos del novio mientras Él está con ellos?... (Mc 2, 18-22) Catequesis en que Jesús catequiza sobre el ayuno.
María nos enseña a acercarnos a Jesús cuando queremos pedirle algo; no le dice: ¡Haz un milagro! No le dice lo que tiene que hacer. Sólo le expone la necesidad. ¡Qué gran catequesis de María! Acudamos a Jesús cuando necesitemos algo con estas palabras: “…Señor, no tengo vino, me faltas Tú, me falta fe, sabes lo que necesito…no tengo el vino de la esperanza…”
Y, a continuación, les dice a los empleados de la boda: “… ¡Haced lo que Él os diga…”
Maravillosa explicación complementaria: preguntemos al Señor, frente al Sagrario, cual es su plan para nosotros, qué desea que hagamos, para saber hacer lo que Él nos pide… 
María, Corredentora nuestra en el camino de la Cruz, mártir incruenta, Madre nuestra, regalo de Dios en su último suspiro, ¡llévanos a Jesús como tú sabes!
Con el fuego de la Nube por el desierto de nuestra vida inúndanos del fuego de amor por Jesucristo revelado en su Santo Evangelio, pues Él es el Camino, la Verdad y la verdadera Vida.
Alabado sea Jesucristo

¿ QUIEN ERES SEÑOR? Hch 9,5 para el Evangelio del Domingo 12 deNoviembre de 2017

En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta cinco vírgenes necias y otras cinco llenas de Sabiduría. Tengamos en cuenta que el término virgen en la Biblia apunta preferentemente a la virginidad del corazón por el hecho de estar marcado por el sello de la infinitud y esto implica que el encaje natural del corazón solo puede ser Dios. Una persona que va tras la Sabiduría del corazón, conoce la debilidad, el error y hasta la rebeldía contra Dios..pero es celoso de la verdad y es por ello que termina por deshechar todo encaje artificial al que ha sometido a su corazón. Entonces ya está preparado para hacer suya la intuición genial de San Agustín aunque no tenga conocimiento de ella :  "Nos hiciste Señor para Tí y nuestro corazón estará insastifecho hasta que descanse en Ti "

jueves, 9 de noviembre de 2017

POEMAS II.- SER CRISTIANO.- (Por Olga Alonso)

"En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos .Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" 


1 Jn 3; 16-18
SER CRISTIANO

Ser cristianos es sentir como su vida recorre tus venas y llega a todas las partes de tu cuerpo y de tu espíritu.
Ser cristiano es mirarle y caer de rodillas en el suelo para darle gracias.
Ser cristiano es caminar cada día con un cuerpo y alma agotados que reviven por su fuerza y llegan a lugares insospechados.
Ser cristiano es no tener palabras para explicar lo que se recibe.
Ser cristiano es vivir la vida eterna en ésta.
Ser cristiano es ansiar amar de una forma que el hombre , solo, es incapaz de alcanzar.
Ser cristiano es gritar a los cuatro vientos la vida que Dios nos regala.
Ser cristiano es caminar por los caminos que la vida pone ante nosotros, abrazando su voluntad.
Ser cristiano es escuchar con los oídos muy abiertos la soledad de los otros.
Ser cristiano es abrir, no cerrar; es ser, no decir; ser cristiano es vivir para Cristo en los demás.

Es ser su luz, es preguntarse cada día qué hemos hecho para ser tan dichosos.
"¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?" 
Is 58; 6-7

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL PAN DE LOS PERROS (Mt 15,21-28) (Tomás Cremades)

Entra Jesús en casa de una mujer sirio-fenicia, de la región de Tiro, que le suplica cure a su hija poseída de un espíritu inmundo. La Ley prohibía tocar a cualquier persona no judía para no quedar contaminada, y Él contesta con unas palabras que pueden extrañar en el Señor de la Misericordia. “…Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos…” Palabras duras de Jesús. En aquellos tiempos los judíos llamaban “perros” a los gentiles, y éstos lo sabían. 
Es tanto el amor y la necesidad de la mujer por la curación de su hija que pasa por cualquier vejación; no repara en ello. Cree firmemente que Jesús la puede curar. “…Sí, Señor, que también los perritos comen bajo la mesa  las migajas de los niños…”. Le reconoce como Dios, pues la palabra “Señor” estaba reservada sólo a Dios. Ella reconoce no ser del pueblo elegido, pero intuye que la salvación de Dios es para todos; tiene fe.
Jesús prueba su fe. Una madre no para en nada para curar a su hija. Y esta es la catequesis que le da el Señor. ¡Cuántas veces los milagros de Jesús son realizados a continuación de una confesión de fe!
Por eso nosotros no pidamos milagros; el Señor Jesús sabe lo que necesitamos. Nosotros sabemos que Él desea hacernos el bien, no solo material, sino, sobre todo, espiritual; quizá lo que pedimos no conviene en el futuro, que Él ve y nosotros no vemos; quizá la tradanza en conseguir nuestra petición se debe a que de esta espera se van a producir bienes mayores. Tengamos “confianza” en Cristo. Confianza que tiene la misma raíz etimológica de “fe”. 
“…los que en ti confían no quedan defraudados…” (Is 49,23) nos recuerda el profeta, y apoyémonos en lo que dice el salmista: “…el justo no temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor…” (Sal 111)
Incluso no digamos al Señor, con nuestras peticiones, lo que debe hacer. Digamos como María: “…No tienen vino…”, no tenemos el vino de la esperanza, el vino de la fe, el vino de la confianza…el vino de la fiesta, el vino de la alegría.
Y Jesús, desde la distancia, curó a la hija de la mujer sirio-fenicia. De la misma forma que curó en la distancia al criado del centurión romano, cumpliendo la Ley, para no contaminarse con el gentil.  Los Evangelios no relatan lo que sucedió después, ni siquiera el nombre de los actores. Seguro que en el anonimato, se produjo la conversión de los parientes y ciudadanos del lugar. Jesús no buscó el protagonismo, buscó el bien, como no podía ser de otra forma.
La tentación de Satanás era bien distinta:”… ¡Tírate del pináculo del Templo porque está escrito, vendrán los ángeles y te recogerán para que tu pie no tropiece en la piedra…”, recordando el Salmo 90.
Jesús se escapó de la arrogancia de la exhibición; igual nosotros, busquemos sólo la gloria de Dios en nuestro caminar, no la de los hombres, no el aplauso.
Alabado sea Jesucristo

martes, 7 de noviembre de 2017

PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN.- XXXIII.- YO SÉ.. (Por el padre Antonio Pavía)


Yo sé…

 

           Mediados de la década de los sesenta del siglo primero. Pablo sufre su segundo cautiverio en la cárcel Mamertina de Roma. Siente cercana su muerte. Si Francisco de Asís le dio a ésta el nombre de hermana, Pablo ve en ella el pórtico glorioso que, cual gran Chamberlan de la Corte, anuncia su entrada triunfal en el lugar preparado para él por su Señor, en el regazo del Padre (Jn 14,1-3).

El apóstol está orgulloso de su condena. No la lleva por malhechor, como diría Pedro (1P 4,15), sino por una locura, su loca pasión por Dios y por los hombres; pasión inmortal por el Evangelio que le lleva hacia sus hermanos más allá de toda prudencia. No, no se detiene a calcular su propio desgaste, pues considera que detenerse en eso no es más que pequeñeces de hombres simplones. Y es cierto. Cuando un hombre que ha sido llamado por Jesucristo a ser pastor se mira demasiado a sí mismo, hace tan resbaladizo el Evangelio que a ellos mismos se les escapa de las manos.

Pablo está prisionero a causa de Jesucristo, la misión que le ha confiado le ha llevado hasta allí. En definitiva, por pertenencia a quien, compadeciéndose de él, le llamó a la Luz; de ahí que se enorgullezca de ese su especial sello de identidad: “prisionero de Jesucristo”. Así y como enmarcando honoríficamente su título de prisionero del Señor, se dirige a los fieles de  Éfeso en los siguientes términos: “Por lo cual yo, Pablo, el prisionero de Cristo por vosotros los gentiles… si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros…” (Ef 3,1-2).

Cadenas, mazmorras, cautiverio, penalidades de todo tipo, y aun así Pablo manifiesta su gozo, su orgullo y su victoria. ¿Estará mal de la cabeza, como le insinuó el procurador Festo ante el rey Agripa? (Hch 26,24b). ¿Es un fanático que ha perdido el sentido objetivo de la realidad, o bien es un hombre muy entero que, tras vadear abismos y tinieblas propias de todo combate de la fe (1Tm 6,12), está ya con Dios? Motivos tenemos para creer en esta segunda posibilidad, y daremos fe de ello.

Sí, razones muy serias tenemos para argumentar nuestra convicción de que Pablo no es ni un soñador ni un fanático. Sus testimonios, confesiones de fe abundantes y profesados en condiciones que más que duras podríamos llamar inhumanas, -pensemos cómo serían las cárceles en la antigüedad- nos dan base real para valorar su gran equilibrio psicológico, su entereza y, por supuesto, su entrega amorosa a la grandeza de la misión recibida de su Maestro y Señor. Nada hay de subjetivo en el devenir de su vocación apostólica. Es un hombre profundamente apasionado por el Evangelio que predica; sin embargo, no vemos en él ninguno de los tics que manifiestan los “iluminados”. Repito, es un hombre de Dios, y en cuanto tal, equilibrado y entero.

Incomprendido muchas veces hasta por los suyos; desprestigiado, despreciado, perseguido y, por fin, encadenado. Con tanta carga que debería aplastarle el alma, no salimos de nuestro estupor al oírle cantar y proclamar su victoria. Nos acercamos a una de sus profesiones de fe tan bella como grandiosa. La analizaremos catequéticamente no sin preguntarnos una vez más cómo es posible que pueda caber tanto amor en el corazón y el alma de un simple mortal: “Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi confianza, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día” (2Tm 1,12).

 

El que me llamó está vivo…

Empezamos por decir que cuando Dios llama así, con tanto amor, –en realidad Él siempre llama derrochando amor- el corazón y el alma de la persona llamada está en fiesta, y el mundo también porque un río de gracia corre por pueblos y ciudades. La predicación del Evangelio no está muy asociada al saber académico, tiene que ver con el amor; éste fluye en cada palabra que proclama el anunciador, y, como fuego, prende en el corazón de los que le escuchan.

Preludio de lo que estamos diciendo lo encontramos en los dos discípulos de Emaús. Gélidos por el escepticismo estaban sus corazones cuando dieron el portazo y salieron de la Comunidad de Jerusalén; fuego ardiente cuando escucharon al Resucitado que, como Buen Pastor, se acercó a ellos. Recordemos lo que se dijeron el uno al otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

No me avergüenzo -dice Pablo- de sufrir estas penalidades, porque son connaturales al ministerio de evangelización que el Señor Jesús me ha confiado. Cualquier persona puede llegar a avergonzarse de ser pecador, del daño infligido a los demás, de haber echado a perder por su egoísmo una amistad, etc., pero nunca a causa del sufrimiento inherente a su vivir abrazado al Evangelio de Jesús. Más aún, el mismo Hijo de Dios proclama y promete que toda injuria, calumnia o persecución por su causa es fuente de alegría; nos lo hace saber en la última Bienaventuranza. “…Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,11-12).

Alguien podría decir que vivir como un proscrito en espera de que esta promesa se cumpla no es muy atrayente, incluso se puede llegar a desarrollar una patología desequilibrante. Si fuese así, sin más, mirando, como quien dice, al futuro, podríamos aceptar esta objeción; sin embargo, no es así. Pablo no tiene su mente y su corazón puestos en el mañana sino en el hoy, por eso le oímos hablar en presente: Yo sé…

“Yo sé bien de quién me he fiado”, confiesa Pablo (2Tm 1-12b). No se apoya en nadie, en ningún hombre por muy santo o poderoso que sea, sino en su Señor a quien bien conoce; el que le reveló el Evangelio, auténtico Manantial por el que discurre el Misterio de Dios: “Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gá 1,11-12).

Pablo, en cuanto hombre, lleva a su plenitud la experiencia y confesión de fe de Job. Cuando hasta sus mejores amigos, que en un primer momento fueron a su encuentro con el fin de confortar su alma sometida a tan terrible prueba, terminan por acusarle considerándole casi como un maldito de Dios, Job encuentra su verdadero apoyo en Dios. Él mismo pone en su corazón y en sus labios una confesión de fe que preanuncia su victoria sobre el mal que se ha apoderado de él: “Yo sé que mi Defensor está vivo” (Jb 19,25a).

 

…y está pendiente de mí

Ya anteriormente había proclamado que su Defensor no sólo estaba vivo en el cielo,        –Morada de Dios- sino que se había erigido como testigo a su favor, lo que quiere decir que estaba al tanto y pendiente de todas y cada una de sus pruebas y sufrimientos: “Ahí arriba en los cielos está mi testigo, allá en lo alto está mi defensor” (Jb 16,19). Jesucristo, el que sabe que, aunque sea abandonado por sus discípulos, -que de hecho le van a abandonar- nunca estará solo porque el Padre estará a su lado, es el “Yo sé en quién confío” por excelencia. Lo grande, lo enormemente grande, consiste en que sus discípulos pueden confesar su misma fe y confianza. Pablo lo hace y –repito- ya estaba profetizado en la figura mesiánica que es Job.

Yo sé, dice Pablo, en quién tengo puesta mi confianza. Está testificando en manos de quién ha confiado su vida. Si le dejáramos seguir hablando, nos diría: Mis enemigos creen tenerme en sus manos, mas no, Dios mío; es en las tuyas en las que vivo mi descanso. Pablo hace suya la confesión  del salmista a quien sus perseguidores dan ya por vencido: “Mas yo confío en ti, Yahveh, me digo: ¡Tú eres mi Dios! En tus manos está mi destino, líbrame de las manos de mis enemigos y perseguidores” (Sl 31,15-16).

Sabemos que este salmista es figura de Jesucristo, en quien se cumplen plenamente las profecías y promesas del Antiguo Testamento. El Hijo de Dios hace realidad su confesión cuando ante los escarnios y burlas de los sumos sacerdotes, ancianos, escribas y, en general, de todo el pueblo que, agolpado al pie de la cruz, vociferaba su triunfo. Fue entonces cuando Jesús el Señor, majestuosamente, proclamó que no eran las manos de sus perseguidores las que tenían poder sobre Él, sino las de su Padre; de ahí que, en un último esfuerzo, gritó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (Lc 23,46).

Ya sé, dice Pablo, en quién tengo puesta mi confianza. Le damos la palabra y nos dirá que  también sabe que Jesucristo, anticipándose a su fidelidad, en un derroche de misericordia, le ha confiado su Evangelio (1Tm 1,11). Sí, me consideró digno de confianza y puso en mis manos su Misterio, su intimidad con el Padre, las riquezas infinitas de su Espíritu. Con todos estos dones, ¿no voy a confiar en Él? Claro que sí, sé quién es. Es difícil de entender, pero ha apostado por mí, ha dado vida a mi alma, a todo mi ser, y ha abierto mis labios para anunciar su Evangelio, el de la gracia y el perdón; me ha hecho pastor según su corazón.

Yo sé, claro que lo sé, lo tengo escrito a fuego en mi historia personal, pecados y negaciones incluidas. Él sabe de mis debilidades, al tiempo que yo sé de su Fuerza. Dicen que los contrarios se comprenden mejor; debe ser que sí, porque ¡ya no puedo vivir sin Él, sin anunciarle! Además no tengo miedo a nada ni a nadie porque me ha hecho depositario de sus palabras que son espíritu y vida (Jn 6,63).
A la luz de un testimonio tan elocuente como decisorio, podemos decir y testificar en su nombre, el de Pablo y el de todos los pastores según su corazón, que es imposible amar apasionadamente el Evangelio de Jesús sin amar con la misma pasión la evangelización. Ni un hombre es extraño a estos apasionados, primicias de lo inmortal, porque su pasión no muere jamás. Al encuentro de todos van porque a su encuentro fue el Señor Jesús –de mil maneras, como todos sabemos- y les selló con la inmortalidad de su Palabra. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

¡Qué no nos dará! (Carmen Pérez)

"No llames a juicio a tu siervo, pues ningún hombre es inocente frente a Tí"  

Todos somos culpables de algo .. por eso el mismo Salmo dice:
"Enséñame a cumplir tu voluntad
Tu espíritu que es bueno
Me guie por tierra llana.."

Si el Señor no nos guía es imposible! Tenemos que decir como el publicano: perdóname Señor que soy un pecador ..

Y como es nuestro Padre ... Pues qué padre si un hijo viene así ... No lo perdona .. Cuanto más nuestro Dios!   .
Si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos .... Qué no nos dará el Señor nuestro Padre en su misericordia con nosotros...

 AMÉN

POEMAS II.- EL CAMINO DE LA VIDA.- (Por Olga Alonso)



"Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» .Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. .Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.»" 


Jn 14; 5-7

EL CAMINO DE LA VIDA

El camino de la vida no está escrito.
Y nosotros hambrientos de certezas y de vivir con antelación lo que vamos a vivir después, no nos sentimos cómodos ante esta inseguridad que nos genera angustia y desasosiego.

Dios nos ofrece su mano para caminar. No nos dice a dónde nos lleva pero nos asegura que nos enseñará a vivir así, como lo hacen los lirios del campo y los pájaros del cielo.

Y Dios habla de enseñarnos, precisamente porque no sabemos. Porque para tomar la decisión de cogernos de su mano y abrazar esa vida que nos ofrece, primero tenemos que desprendernos del miedo.

Y ¿a qué tenemos miedo?: tenemos miedo a renunciar a las seguridades con las que tejemos cada día nuestra vida. Tenemos miedo a desprendernos de esas falsas certezas que creamos de forma ficticia y que nos dan la  apariencia de que el mundo es un lugar  donde sentirse a salvo.

Pero a lo que deberíamos temer es a esa gran mentira de la seguridad que nos ofrece el mundo y que hemos creado para vivir tranquilos. 

Confiar plenamente en Dios no es fácil, pero siempre tiene respuesta.

Colocarse a su lado y desear andar con Él el camino de la vida, es una aventura única pero es una aventura para valientes.

Valientes que no se engañan con la falsa seguridad que el mundo ofrece y que ven, detrás de las nieblas del mundo, otra forma de vivir donde la felicidad se encuentra en el cuenco de las manos de Dios.

Los que han encontrado allí su lugar, ya no pronuncian la palabra miedo, porque allí no existe.

Allí, en ese lugar conquistado que Dios tiene reservado para cada uno de nosotros solamente llegan los que lo desean más que a su propio temor de desprenderse de lo que falsamente parece que les da la vida.

Allí llegan los que, ligeros de todo lo que es prescindible, rompen las barreras del miedo y encuentran la verdadera felicidad.

"«Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche; así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito, y tendrás suerte y éxito en tus empresas." 
Jos 1; 6-8

viernes, 3 de noviembre de 2017

¿ QUIEN ERES SEÑOR ? Hch 9,5 para el Evangelio del Domingo 5 deNoviembre de 2017

""Cuidaos de los fariseos -dice Jesús a sus discípulos- porque lo que dicen no lo hacen." 
Detrás de esta advertencia, Jesús nos está queriendo decir que las leyes de este mundo, incluidas las morales, nos indican qué conducta hemos de seguir, pero no contienen ninguna fuerza cuando chocan con nuestros intereses o caprichos, es decir que nos dejan indefensos. 
Los fariseos saben que lo que dicen no lo pueden hacer, pero como les gusta el aplauso y admiración de la gente las cumplen externamente, de cara a la galería. Para curarnos de una vida así, tan ridícula como enfermiza, Jesús nos da su Evangelio lleno de su Fuerza y su Sabiduría y por eso tiene el Poder de "decir y hacer." Claro que para ello hemos de abrazarnos a sus Palabras que saben a Dios, cosa que "los sabios según este mundo" no están dispuestos a hacer. 
Vivir el Evangelio no es cuestión de generosidades sino de ser "Sabios según Dios", supone entonces saber escoger.

comunidadmariamadreapostoles.com

Alabanza de Dios creador Salmo 91 (Tomás Cremades)



Es una gracia del Señor poder escrutar la Escritura desentrañando los misterios que en ella guardan la Revelación.

Me refiero al paralelismo que existe entre este Salmo 91 y el Salmo 137. Y así, se va formando el  maravilloso “puzle” con el que Dios se comunica con su pueblo.

Dice el Salmo 91:”…Tus acciones son mi alegría y mi júbilo las obras de tus Manos…”, y el Salmo 137 en su versículo 8 termina diciendo: “…no abandones, Señor, las obras de tus Manos…”

Siguiendo con el Salmo 91, el salmista nos recuerda la magnificencia y profundidad de sus enseñanzas, y nos pone en guardia cuando dice que el ignorante no entiende ni el necio se da cuenta.

Quería parame a meditar un poco sobre este versículo que me ha llamado la atención. Cuando en la Escritura hay algo que “llama la atención”, algo que se sale del contexto, que “no pega” diríamos con leguaje actual, hemos de detenernos un poco a pensar qué nos ha querido decir el Señor. Él nos habla con la Escritura, pues Palabra viva es.

El ignorante es el que no conoce algo; lo ignora, lo desconoce. Pero existe lo que llamamos ignorancia culpable; cuántas veces no habremos “ignorado” algo por miedo a conocerlo. Por ejemplo: ¡No quiero ir a la Iglesia, o a catequesis, o a determinada charla, porque me voy a comprometer! Y así, me mantengo en la ignorancia, y tapo con la bufanda del desconocimiento la llamada de Dios.

El Príncipe de la Mentira (Satanás) tiene el poder de hacernos ver bien lo que está mal y viceversa. Es verdad que cuando entras en la fe, se te complica la vida; ves tus miserias y crees en una religión donde todo es pecado. Entras por el moralismo. Este no es un buen camino. A la religión se entra por el Amor. Con mayúsculas. Dice san Pablo que la fe viene por la predicación del Kerigma, por el anuncio de la Palabra, por la escucha. No en vano somos nosotros, herederos del pueblo de Israel, el nuevo pueblo elegido por Dios. Somos el pueblo de la escucha: Shema Israel! Escucha Israel! Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas (Dt 6, 5-15).

Sí, se te complica la vida; pero donde aumentó el pecado sobreabundó la gracia, nos dirá Pablo. Cuanto más necesitado es un hijo, más caricias recibe de su madre. Así es nuestro Dios: un Dios Padre y Madre, que no está esperando nuestro pecado para castigarnos y llevarnos al infierno. Es un Dios TODO AMOR, que te busca y me busca todos los días. Jesucristo es fiel, lo que quiere decir que cumple sus promesas. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”( Mt 28,19).

La fidelidad de Dios ya está profetizada en el libro de Ezequiel: “Os infundiré mi Espíritu y viviréis, y sabréis que Yo, Yahvé, LO DIGO Y LO HAGO” (Ez37,14)
Efectivamente, nos lo dijo con Moisés en el Sinaí, y lo hizo con Jesucristo, su Hijo. 
Esta es su fidelidad: cumple sus promesas.

Me viene a la memoria el cuadro del hijo pródigo, que en tantas partes hemos visto y que yo he presenciado en el museo de l`Hermitage en San Petersburgo. Si nos fijamos en la escena, el hijo está de rodillas frente al padre, que, de pie,( postura que nos recuerda la imagen de Jesús en la visión de Esteban martirizado), lo abraza. Una mano es fuerte, ruda, viril de un Padre; la otra no es igual, es más pequeña. Es suave, blanda, tierna, más bella, lo recoge con ternura, es la mano de DIOS-MADRE.

Pero luego se te simplifica. Empiezas a conocer a Dios, y Él se te revela cada día: en un pobre que te pide en un semáforo, en un amigo que espera un consejo, en una sonrisa al vecino con el que te cruzas, o cuando pides perdón, aun cuando creas que tienes razón. Hemos de encontrar a Dios en cada uno de los pasos del día, de cada día de nuestra vida.

A veces decimos que los árboles no nos dejan ver el bosque. Dios es al revés: El bosque (el mundo y sus miserias, guerras, hambre, violación de los derechos humanos) no le impide ver el árbol que somos cada uno de nosotros. Y de la misma manera que cuenta el número de las estrellas (otra vez cada uno de nosotros), cuenta a sus ovejas una a una (nosotros) como nos recordará el Evangelio del Buen Pastor.

Así es nuestro Dios. Si el mundo lo conociera, habría cola en la calle para escuchar su Palabra, trasmitida por la Iglesia. Si el mundo siguiera los preceptos del Evangelio, no sería necesaria la política, se acabaría el hambre, las guerras, los odios, los desencuentros.

Y Dios nos pide que seamos sus mensajeros, que anunciemos su Palabra a todo el mundo, para que ella “corra veloz” como nos dice el Salmo 147: “…Él envía su mensaje a la tierra y su Palabra corre veloz…”

Pidamos pues, que nos enamoremos de Jesús, de su Palabra que es el Evangelio, Palabra revelada por el Padre, de la Escritura, de los Salmos, la oración de Jesucristo.

Alabado sea Jesucristo



Tomás Cremades

jueves, 2 de noviembre de 2017

Sólo Tú permaneces ( por Carmen Pérez)

"Ellos perecerán, Tú permaneces 

Se gastarán como la ropa,
Serán como un vestido que se muda. 
Tú ,en cambio, eres siempre el mismo,
Tus años no se acabarán"... (Salmo 101)

¡Así es!.. cuántas cosa que pensabas que eran para siempre ... se fueron de nuestra vida ... Y cuánto dolor y pena nos causaron .... 
Sólo Tú eres la roca que permanece para siempre ..no hay otro Dios fuera de Tí,  nada en que podamos apoyarnos para siempre.
Al final sólo Tú permaneces, eres mi fuerza y mi liberación 
Gracias Señor porque me amas a pesar de mi ignorancia y me haces poco a poco ¡VER!