jueves, 4 de octubre de 2018

LA FIESTA DE MATEO

“…Vio Jesús a un hombre, llamado Mateo, sentado a la mesa de los impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió (Mt 9,9)
Así de sencillo. Mateo, recaudador de impuestos para el pueblo opresor de Roma, comisionista con un tanto por ciento de beneficio para él, a cambio de los impuestos romanos, oye la llamada de Jesús, y, sin rechistar, lo deja todo y le sigue. Parece hasta imposible. Podríamos pensar que recogería sus papeles de encima de la mesa, el dinero de la recaudación…No. Deja todo de golpe.
¿Qué pasaría en la vida de Mateo para dejarlo todo así? Da la sensación que está harto de esa vida, pero que no es capaz de dejarlo. Necesita un impulso fuera de lo humano. Él era un impuesto viviente, “estaba sentado”, postura bíblica que representa que todo su ser se identifica con su actividad. Es una postura opuesta a estar de pie, como un Resucitado, como nos narra el Libro de los Hechos de los Apóstoles en el martirio de san Esteban: “…Esteban levantó los ojos al cielo y vio a Jesús, “en pie”, como el Testigo Fiel ante el Padre intercediendo por él…” (Hech 7,55)
De la misma forma que la postura de “estar acostado” representa el rencor, el odio, la venganza:”…el pecado es un oráculo para el impío…no tiene temor de Dios…acostado medita el crimen…” (Sal 35)
Y volvemos a Mateo. Pasa Jesús y su vida cambia de golpe. Jesús no le recrimina su trabajo, su modo de vida, sus pecados. Sólo: ¡Sígueme! Y no solo le sigue, es que celebra una fiesta en su casa en honor a Jesús. Mateo ha entendido el mensaje de Jesús. Le bastó una palabra: ¡Sígueme! 
Los fariseos, en cambio murmuran contra Jesús: “…come con pecadores…” Pero él responde: “…no necesitan médico los sanos, sino los enfermos…”
Jesús ha actuado con Mateo como el Padre de la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11, 32), que al ver volver a su hijo descarriado no le echa en cara su anterior proceder, sino que organiza un banquete en su honor, restituyéndole de toda su pertenencia a la casa del padre. Ahora Mateo, reconoce en su interior su mala vida, y solo recibe a cambio el Amor infinito de Jesús que le dice: ¡Sígueme!
Y es Mateo quien organiza el banquete en su honor, emulando al padre. 
¿Cuántas veces pasa Jesús delante de nosotros y nos dice: ¡Sígueme!? Nos dice: no miro tus pecados, tus errores, conozco tu barro, ¡Sígueme! 
¿Cuántas veces respondemos: …tengo que ir a enterrar a mi padre…!”Deja que los muertos entierren a sus muertos…tú sígueme! (Mt 8, 22) Los muertos, los que han enterrado su alma en los bienes de este mundo, esos entierran a sus muertos….pero tú
¡Sígueme!

(Tomás Cremades)

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