viernes, 15 de noviembre de 2024

Salmo 116(114-115). Acción de gracias (Dios es bueno)




1Amo al Señor porque escucha
mi voz suplicante,
2 porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.
3 Lazos de muerte me rodeaban,
eran redes mortales,
caí en la angustia y la aflicción.
4 Entonces invoqué el nombre del Señor:
<<iSeñor, salva mi vida!».
5 El Señor es justo y clemente,
nuestro Dios es compasivo.
6 El Señor protege a los sencillos:
yo desfallecía y él me salvó.
7 Recobra la calma, alma mía,
que el Señor ha sido bueno contigo.
8 Libró mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
9 Caminaré en la presencia del Señor,
en la tierra de los vivos.
10 Yo tenía fe, aunque decía:
«¡Estoy totalmente devastado!».
11 Yo decía en mi aflicción:
«iTodos los hombres son unos mentirosos!».
12 ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
13 Levantaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor.
14 ¡Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo su pueblo!
15 Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
16 Yo soy tu siervo, Señor,
Siervo tuyo, hijo de tu sierva.
Tú rompiste mis cadenas.
17 Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
18 iCumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo su pueblo,
19 en los atrios de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén!
¡Aleluya!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 116
Dios es bueno

Este salmo es una oración de acción de gracias de un hombre 
que vive profundamente su relación con Dios. Sometido, como 
está, a una persecución implacable por hombres que llevan 
en su seno las fuerzas del mal, proclama, no obstante, su 
amor a Yavé: «Amo al Señor porque escucha mi voz 
suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día en que 
lo invoco».
Hay una novedad en la oración de este israelita que le 
distingue de otros que hemos visto en situaciones parecidas 
a lo largo del salterio. Nuestro hombre no se remite al 
pasado para afirmar que Dios, siempre fiel, «ha escuchado»
sus súplicas y plegarias. Nuestro hombre de fe habla en 
presente –«escucha»–, recalcando que puede poner su 
esperanza en Yavé porque su auxilio es una realidad 
inapelable no sólo en el pasado sino también en el presente 
y en el futuro. Yavé, su Dios, le escucha siempre.
Otro momento del salmo donde vemos la enorme grandeza 
espiritual de este fiel israelita, es cuando proclama que 
nada que le suceda, por muy grande que sean sus desgracias 
y humillaciones, hará tambalear su confianza en Dios: «Yo 
tenía fe, aunque decía: “¡Estoy totalmente devastado!”. Yo 
decía en mi aflicción: “¡Todos los hombres son unos
mentirosos”». No hay duda de que en su búsqueda de Dios ha 
escogido el camino de la verdad, el único camino válido 
para encontrarle.
Existe también el camino de la mentira que hace 
mentiroso al hombre. Mentira que alcanza incluso a aquellos 
que deberían llevar al pueblo a vivir en fidelidad al Dios 
que, desde que lo escogió cuando estaba esclavo en Egipto, 
no ha cesado de amarle y protegerle. Así pues, la mentira 
ha moldeado también los corazones de los predicadores de 
Israel hasta el punto de merecer el calificativo de falsos 
profetas.
Jeremías fustiga sin descanso a todos estos dirigentes 
religiosos a los que culpa de la desviación espiritual de 
su pueblo: «Los sacerdotes no decían: ¿dónde está Yavé?; ni 
los peritos de la ley me conocían; y los pastores se 
rebelaron contra mí, y los profetas profetizaban por Baal y 
en pos de los inútiles andaban» (Jer 2,8).
El apóstol Pedro, nombrado por Jesucristo cabeza de la 
Iglesia, como buen pastor que es, alerta a los primeros 
cristianos acerca de los falsos profetas; exhorta con 
vehemencia que estos hombres mentirosos no son algo 
exclusivo del pueblo de Israel. Intuye, y por eso les 
previene, que también surgirán entre ellos, y que tienen un 
sello identificador perfectamente reconocible: difamar, 
falsear el camino de la verdad, todo por su propio provecho... exactamente igual que esos hombres inicuos 
aparecidos en el pueblo de Israel: «Hubo también en el 
pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos 
maestros que introducirán herejías perniciosas y que, 
negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una 
rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por 
causa de ellos, el camino de la verdad será difamado. 
Traficarán con vosotros por codicia, con palabras 
artificiosas...» (2Pe 2,1-3).
Volvemos a la oración del salmista y nuestro asombro 
no tiene límites cuando observamos que, sobreponiéndose a todos los males que está padeciendo a causa de su fidelidad 
a Dios, su alma es capaz de elevarse y lanzarle un grito de 
acción


 de gracias porque es tanto el bien que le ha hecho, 
que nunca podrá vivir lo suficiente para agradecérselo, que 
no hay dinero en el mundo para pagárselo: «¿Cómo pagaré al
Señor todo el bien que me ha hecho?».
Nuestro salmista es como un espejo que refleja con 
toda nitidez el rostro, la persona de Jesucristo. Él, 
enviado por su Padre a la muerte y muerte de Cruz para 
rescatar a toda la humanidad, nos dirá que su Padre es 
bueno, que es bueno con todos, que hace el bien enviando el 
sol y la lluvia sin distinguir entre buenos o malos, justos 
o injustos: «Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y 
odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros 
enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis 
hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol 
sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 
5,43-45).
El Señor Jesús insiste con énfasis en que realmente su 
Padre es bueno, y quiere hacérnoslo entender con un ejemplo 
tan claro que no admita dudas. Afirma que si hasta 
nosotros, hijos del pecado original, que tenemos la bondad 
recubierta de una cierta maldad, aún así sabemos dar con 
gozo cosas buenas a nuestro hijos, amigos, etc., cuánto más 
nuestro Padre del cielo, que es la bondad sin mezcla de 
maldad, nos dará lo bueno por excelencia: el Espíritu Santo 
que nos convierte en hijos: «¿Qué padre hay entre vosotros 
que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da 
una culebra; o si le pide un huevo le da un escorpión? Si, 
pues, vosotros siendo malos, sabéis dar cosas buenas a 
vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el 
Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,11-13).
El discípulo del Señor Jesús tiene tan metido en el 
alma el rostro luminoso de Dios, su Padre, que, al igual 
que el salmista, no necesita inventar palabras para que, de 
su experiencia íntima y real, brote el mismo testimonio del 
salmista: ¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha 
hecho?


Salmo 117(116). Invitación a la Alabanza (Su amor permanece)

V

 1 Alaben al Señor todas las n
2 ¡Pues firme es su amor por nosotros,
y la fidelidad del Señor dura por siempre!
¡Aleluya! 

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 117
Su amor permanece

El presidente de la asamblea litúrgica invita a todos los 
fieles a entonar festivamente una alabanza a Yavé. Es una 
acción de gracias universal. La asamblea se siente llamada 
a proclamar un himno de gratitud a Yavé en representación 
de todas las naciones de la tierra: «¡Alaben al Señor todas 
las naciones, que lo glorifiquen todos los pueblos!».
Conforme Israel va conociendo a Yavé, y a medida que 
este va sembrando en él una sabiduría más profunda, el 
pueblo amplía progresivamente la acción salvadora de su 
Dios y la extiende a todas las naciones de la tierra.
Uno de los primeros pasos de esta evolución 
espiritual, se da cuando Israel tiene conciencia de que 
Dios actúa en su favor para que todas las naciones sean 
testigos del poder y misericordia de Dios. Como ejemplo, 
podemos entresacar algunos versículos del himno de acción 
de gracias que Dios suscitó al rey David con motivo de la 
fiesta celebrada en Jerusalén, en la entronización del arca 
de la Alianza: «¡Dad gracias al Señor, aclamad su nombre, 
divulgad entre los pueblos sus hazañas! ¡Cantadle, 
salmodiad para él, recitad todas sus maravillas...! Cantad 
a Yavé toda la tierra, anunciad su salvación día tras día. 
Contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus 
maravillas» (1Crón 16,8-24).
A este primer paso de divulgar por todos los confines 
de la tierra las maravillas y majestad de Yavé, se suceden 
otros que cobran gradualmente mayor intensidad. En ellos 
vemos que Israel va adquiriendo una clara conciencia de que 
Yavé es el Dios que convoca para llamar a salvación a todas 
las naciones.
Los testimonios de los profetas son abundantes a este 
respecto. Son testimonios marcados por la perspectiva de lo 
que llamamos la salvación mesiánica. El Mesías es anunciado 
como aquel que habrá de reunir a los hombres de todos los 
pueblos ante el rostro salvador de Dios: «Así dice Yavé 
Sebaot: todavía habrá pueblos que vengan, y habitantes de 
grandes ciudades. Y los habitantes de una ciudad irán a la 
otra diciendo: Ea, vamos a ablandar el rostro de Yavé y a 
buscar a Yavé Sebaot: ¡Yo también voy! Y vendrán pueblos 
numerosos y naciones poderosas a buscar a Yavé Sebaot en 
Jerusalén, y a ablandar el rostro de Yavé» (Zac 8,2-22).
Las profecías mesiánicas llegan a su cumplimiento en 
Jesucristo, el Hijo de Dios. Él culmina la misión de 
Israel. La luz brota de las entrañas del pueblo elegido 
para extenderse a todos los confines de la tierra; no es 
luz para condenar sino para salvar, es la luz que pone al 
hombre en comunión con Dios. Por eso el Mesías proclama 
ante Israel: ¡Yo soy la luz del mundo!

Jesucristo hace esta afirmación inmediatamente después 
de haber liberado de la lapidación a una mujer acusada de 
adulterio. Profundizando en este acontecimiento, nos damos 
cuenta de que, al mismo tiempo en que rescata de la muerte 
a la mujer condenada, ilumina el corazón de los que 
pretendían apedrearla, diciéndoles: «El que esté sin pecado 
que tire la primera piedra». Sabemos que estos hombres 
dejaron caer hacia el suelo las piedras que empuñaban con 
sus manos y se fueron alejando uno tras otro. Una vez que, 
tanto la adúltera como sus censores, han sido iluminados 
por el Hijo de Dios, proclama que Él es la luz del mundo 
(Jn 8,1-12).
En este acontecimiento, Dios manifiesta que, frente a 
la fuerza del pecado del hombre, triunfa la fuerza de su 
misericordia. Jesucristo, al iluminar los corazones de 
todos los implicados, da cumplimiento a la segunda parte 
del salmo que estamos desgranando: «Pues firme es su amor 
por nosotros, la fidelidad del Señor dura por siempre».
En Jesucristo, en su forma de actuar, Dios manifiesta 
visiblemente lo que el Espíritu Santo había puesto en boca 
del salmista: que su amor, su misericordia, su perdón... no 
tienen límites; son formas de amar propias de Dios, por eso 
permanecen para siempre; son su carta vencedora ante el 
fracaso de nuestra debilidad.
El apóstol san Pablo, testigo privilegiado en su 
propia persona de este amor tan incomprensible para 
nuestros parámetros, no sale de su asombro al constatar que 
Dios ama al hombre en Jesucristo siendo como es pecador. 
Como a todos, le parece normal que alguien, heroicamente, 
dé su vida por un hombre leal, por alguien que hace el
bien, pero no por un malhechor, ¡Dios sí! «En verdad, 
apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de 
bien tal vez se atrevería uno a morir, mas la prueba de que 
Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía 
pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,7-8).
El mismo apóstol no deja de ensalzar, a lo largo de 
sus catequesis, la riqueza del amor de Dios. Es consciente 
de que si Dios ha sido rico en misericordia con él, lo será 
también con todos. Es una misericordia que rompe la lejanía 
hasta el punto de que estamos llamados a reinar en los 
cielos con el mismo Cristo Jesús: «Pero Dios, rico en 
misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando 
muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó 
juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados– y 
con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en 
Cristo Jesús...» (Ef 2,4-6). 

jueves, 14 de noviembre de 2024

Salmo 115(113B). El único Dios verdadero ( Nuestro escudo)


¡No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu amor y tu fidelidad!
2 ¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?
3 Nuestro Dios está en el cielo,
y hace todo lo que desea.
4 Sus ídolos son plata y oro,
obra de manos humanas:
5 tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,
6 tienen oídos y no oyen,
tienen nariz y no huelen,
7 tienen manos y no tocan,
tienen pies y no andan,
no tiene voz su garganta.
8 ¡Los que los hacen son como ellos,
todos los que en ellos confían!
9 ¡La casa de Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo!
10 iLa casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo!
11 ¡Los que temen al Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo!
12 Que el Señor se acuerde de nosotros
y nos bendiga:
-bendiga a la casa de Israel,
-bendiga a la casa de Aarón,
13 -bendiga a los que temen al Señor,
pequeños y grandes.
14 ¡Que el Señor os multiplique,
a vosotros y a vuestros hijos!
15 ¡Que os bendiga el Señor,
que hizo el cielo y la tierra!
16 El cielo pertenece al Señor,
pero la tierra se la ha dado a los hombres.
17 Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al lugar del silencio.
18 ¡Nosotros, los vivos, bendecimos al Señor,
desde ahora y por siempre!
¡Aleluya!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 115
Nuestro escudo

De nuevo el salterio nos ofrece una aclamación litúrgica de 
la gran asamblea de Israel. El pueblo ha vuelto del 
destierro y sus oídos escuchan los sarcasmos de las 
naciones vecinas que, burlonamente, le preguntan: ¿Dónde 
está su Dios? ¿Dónde está su libertador? No sois más que un 
pueblo harapiento que volvéis a vuestra tierra y ni 
siquiera tenéis un templo en el que rendirle culto.
Israel alza sus ojos a Yavé y proclama este himno en 
forma de oración. Le pide que manifieste su poder no tanto 
por ellos cuanto por los pueblos que con sus mofas 
blasfeman su nombre excelso: «¡No a nosotros, Señor, no a 
nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor y tu 
fidelidad! ¿Por qué han de decir las naciones: “¿Dónde está 
su Dios?”».
El punto culminante del himno es la proclamación de 
que, aun en la situación de tener que empezar de nuevo en 
su tierra devastada, y a pesar de las bufonadas de sus 
enemigos..., confían en su Dios. En efecto, traen al 
presente el pasado glorioso de Israel desde sus orígenes. 
Son conscientes de que Él ha hecho con ellos una historia 
de amor y salvación, y se apoyan en su fidelidad para 
afirmar que esta historia no ha concluido, que volverá a 
realizarse. Y así vemos a la asamblea gritar jubilosa: «¡La 
casa de Israel confía en el Señor, él es su auxilio y su 
escudo! ¡La casa de Aarón confía en el Señor, él su auxilio 
y su escudo! ¡Los que temen al Señor confían en el Señor:
él su auxilio y su escudo! Que el Señor se acuerde de 
nosotros y nos bendiga: bendiga a la casa de Israel...».
Fijémonos en la conciencia que tiene Israel de que su Dios 
es su escudo y su auxilio.
Sabemos que Abrahán salió de su tierra sin otra 
garantía que la palabra-bendición de Yavé sembrada en su 
corazón. La espiritualidad judía y cristiana llama a 
Abrahán nuestro padre en la fe precisamente por haber 
guardado en su corazón la palabra que Dios le había dado, 
de la que hizo su único apoyo, escudo y garantía.
Dios, para enseñarnos que la fe no es algo mágico o 
que se acepta así, sin más, permite que Abrahán, en su 
búsqueda, con sus consiguientes dudas, se desoriente e 
incluso se equivoque; pero el amor de este a la Palabra 
recibida es mayor que sus debilidades, y Dios le conforta y 
fortalece. Es más, se le presenta animándole y prometiéndole que Él mismo será su escudo en su debilidad: 
«Después de estos sucesos fue dirigida la palabra de Yavé a 
Abrahán en visión, en estos términos: No temas, Abrahán. Yo 
soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande» (Gén15,1).
El libro del Deuteronomio nos presenta un himno 
bendicional atribuido a Moisés, salido de sus labios antes 
de su muerte. No tiene parangón con cualquier himno que 
podamos encontrar en los textos sagrados del Antiguo 
Testamento. Moisés inicia su cántico bendiciendo con 
bellísimas palabras a Yavé por haber protegido 
asombrosamente a Israel; y, como si de la misma boca de 
Yavé se tratase, hace descender una bendición particular y 
original a cada una de las tribus. 
Una vez que ha bendecido a los doce clanes, Moisés 
imparte, sobre todo al pueblo allí convocado, la mayor y la 
más esplendorosa de las bendiciones: Yavé es escudo y 
auxilio del pueblo que se ha escogido: «Israel mora en 
seguro; la fuente de Jacob brota aparte para un país de 
trigo y vino; hasta sus cielos destilan el rocío. Dichoso 
tú, Israel, ¿quién como tú, pueblo salvado por Yavé cuyo 
escudo es tu auxilio, cuya espada es tu esplendor?» (Éx 
33,28-29).
¿Quién más bendito que Jesucristo a quien Dios Padre 
hizo escudo en favor de todos sus hijos? Vemos al Señor 
Jesús subir desnudo y desprotegido a lo alto de la cruz. 
Desde allí detuvo y quebró en su propio cuerpo los dardos y 
saetas que el príncipe del mal tenía preparados para toda 
la humanidad. Efectivamente, frenó en seco la muerte que 
nos pertenecía, elevando al infinito las palabras que nos 
salvaron y reconciliaron con Dios: «¡Padre, perdónales 
porque no saben lo que hacen!».
Estas alentadoras palabras de salvación son el escudo 
que anula todas las acusaciones que el príncipe del mal 
hace contra nosotros. De hecho, una de las traducciones de 
Satanás es el término acusador. Y así leemos en el libro 
del Apocalipsis que, justamente por la victoria de 
Jesucristo sobre la muerte y el mal, nuestro acusador ha 
sido arrojado: “Oí entonces una fuerte voz que decía en el 
cielo: Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el 
reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque 
ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que 
los acusaba día y noche delante de nuestro Dios” (Ap 
12,10).
Una vez que el escudo enviado por Dios, su propio 
Hijo, ha detenido las embestidas del mal, quedan canceladas 
todas nuestras deudas contraídas con Él a causa de nuestra 
necedad. Esto que podría parecernos algo así como el final 
de un cuento de hadas almibarado, no es tal; de hecho lo 
entresacamos de una catequesis de un hombre sumamente 
enérgico y nada sospechoso de cursilerías como es el 
apóstol Pablo. Oigámosle en su exhortación a la comunidad 
de Colosas: «Jesucristo canceló la nota de cargo que había 
contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas 
desfavorables, y las suprimió clavándola en la Cruz» (Col 
2,14).


jueves, 7 de noviembre de 2024

Salmo 119(118). Elogio de la ley divina (Jesús, el camino)




Salmo 119 (118)
1 iDichosos los de camino intachable,
los que andan según la voluntad del Señor!
2 ¡Dichosos los que guardan sus preceptos,
buscándolo de todo corazón,
3 los que recorren su camino
sin practicar la injusticia!
4Tú promulgaste tus decretos
para que se observaran con rigor.
5 Que mis caminos sean firmes,
para cumplir tus sentencias.
6 Entonces no sentiré vergüenza,
al considerar todos tus mandamientos.
7 Te daré gracias con rectitud de corazón,
aprendiendo tus justas normas.
8 Vaya observar tus decretos,
no me abandones nunca.
9 ¿Cómo podrá un joven mantener puro su camino?
Cumpliendo tu palabra.
10 Te busco de todo corazón,
no permitas que me aleje de tus mandamientos.
11 He conservado tus promesas en mi corazón,
para no pecar contra ti.
12 ¡Bendito seas, Señor!
Enséñame tus decretos.
13 Con mis labios enumero
todos los mandamientos de tu boca.
14 El camino de tus preceptos me alegra
más que todas las riquezas.
15 Meditaré tus decretos,
consideraré tus caminos.
16 Tu voluntad es mi delicia,
y no me olvido de tus palabras.
17 Haz bien a tu siervo y viviré
guardando tus palabras.

18 Ábreme los ojos para contemplar
las maravillas de tu voluntad.
19 Yo soy extranjero en la tierra,
no me ocultes tus mandamientos.
20 Mi alma se consume deseando
tus normas en todo momento.
21 Tú amenazas a los soberbios, a los malditos
que se desvían de tus mandamientos.
22 Aleja de mí los ultrajes y el desprecio,
pues observo tus preceptos.
23 Aunque los príncipes se reúnan a hablar contra mí,
tu siervo medita tus leyes.
24 Tus preceptos son mi delicia,
tus decretos son mis consejeros.
25 Mi garganta está pegada al polvo,
reanímame con tus palabras.
26 Expongo mis caminos, tú me respondes:
enséñame tus leyes.
27 Hazme entender el camino de tus preceptos,
y yo meditaré tus maravillas.
28 Mi alma se deshace de tristeza,
levántame, según tu palabra.
29 Aléjame del camino de la mentira,
y dame la gracia de tu voluntad.
30 Yo escogí el camino de la verdad,
me conformo con tus normas.
31 Yo me apego a tus preceptos,
Señor, no quede yo avergonzado.
32 Correré por el camino de tus mandamientos,
cuando me ensanches el corazón.
33 Señor, muéstrame el camino de tus leyes,
quiero guardarlas como recompensa.
34 Enséñame a cumplir tu voluntad,
para guardarla de todo corazón.
35 Guíame por el camino de tus mandamientos,
porque en él se encuentra mi gozo.
36 Inclina mi corazón a tus preceptos

y no al interés.
37 Impide que mis ojos vean vanidades;
dame vida con tu palabra.
38 Confirma a tu siervo la promesa
que hiciste a tus fieles.
39 Aparta de mí el ultraje que temo,
porque tus normas son bondadosas.
40 Mira cómo deseo tus preceptos;
dame vida con tu justicia.
41 ¡Señor, que tu amor llegue hasta mí,
y tu salvación, según tu promesa!
42 Responderé a los que me ultrajan
que confío en tu palabra.
43 No me quites de la boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos.
44 Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre, eternamente.
45 Andaré por un camino ancho,
buscando tus preceptos.
46 Hablaré de tus preceptos ante los reyes,
y no me avergonzaré.
47 Son mi delicia tus mandamientos,
que tanto amo.
48 Levanto mis manos hacia ti
recitando tus preceptos.
49 Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
en la que hiciste que pusiera mi esperanza.
50 Es mi consuelo en la miseria:
tu promesa me da vida.
S! Los soberbios me insultan a placer,
pero yo no me desvío de tu ley.
52 Señor, recuerdo tus normas de antaño
y me consuelo.
S} Me enfurecí contra los injustos
que abandonan tu voluntad.
54 Tus preceptos son cánticos para mí,
en mi casa de peregrino.

55 Señor, me acuerdo de tu nombre por la noche,
y observo tu ley.
56 Esta es la parte que me corresponde:
guardar tus decretos.
57 Mi porción, Señor, lo confieso,
es observar tus palabras.
58 De todo corazón busco apaciguar tu rostro:
¡Ten piedad de mí, Señor, según tu promesa!).
59 Reflexiono acerca de mis caminos,
orientando mis pasos hacia tus preceptos.
60 Me doy prisa, no me retraso,
al observar tus mandamientos.
61 Los lazos de los malvados me envuelven,ni
yo no me olvido de tu voluntad.
62 A medianoche me levanto para darte gracias
por tus justos mandamientos.
63 Me asocio con todos los que te temen
y observan tus normas.
64 La tierra, Señor, está llena de tu amor:
enséñame tus decretos.
65 Señor, has sido bueno con tu siervo,
según tu palabra.
66 Enséñame la cordura y el saber,
pues creo en tus mandamientos.
67 Antes de sufrir, andaba descarriado;
ahora guardo tu promesa.
68 Tú eres bueno y bienhechor:
enséñame tus leyes.
69 Los soberbios levantan calumnias contra mí,
pero yo guardo tus preceptos de todo corazón.
70 Su corazón es espeso como grasa,
pero mi delicia es tu voluntad.
71 Para mí, es bueno sufrir,
pues aprendo tus mandamientos.
72 Los preceptos de tu boca, para mí,
valen más que millones en oro y plata.
13 Tus manos me hicieron y me formaron:
instrúyeme, para que aprenda tus mandamientos.
74 Los que te temen me miran con alegría,
pues espero en tu palabra.
75 Señor, yo sé que tus normas son justas,
y que con razón me haces sufrir.
76 iQue tu amor sea mi consuelo,
conforme a la promesa que hiciste a tu siervo!
77 Que tu misericordia llegue hasta mí, y viviré,
pues tu voluntad es mi delicia.
78 iQue se avergüencen los soberbios,
que levantan calumnias contra mí!
79 Que se vuelvan hacia mí los que te temen,
y los que conocen tus preceptos.
80 Que mi corazón sea perfecto en tus decretos,
para que no quede yo avergonzado.
81 Me consume el deseo de tu salvación,
esperando en tu palabra.
82 Mis ojos se consumen aguardando tu promesa:
¿Cuándo me darás consuelo?
83 Estoy como un odre puesto a ahumar;
nunca me olvido de tus decretos.
84 ¿Cuántos serán los días de tu siervo?
¿Cuándo me harás justicia contra mis perseguidores?
85 Los soberbios me han cavado fosas;
no andan ellos según tu voluntad.
86 Todos tus mandamientos son verdaderos;
me persiguen sin razón: jayúdame!
87 Poco faltó para que me derribaran por tierra,
pero yo no abandono tus preceptos.
88 Hazme vivir, por tu amor,
y observaré los preceptos de tu boca.
89 Señor, tu palabra es para siempre,
más estable que el cielo.
90 Tu fidelidad dura de generación en generación,
como la tierra que fijaste y permanece.
91 Todo existe hasta hoy según tus normas,
porque todas las cosas te sirven.
92 Si tu voluntad no fuera mi delicia
yo ya habría perecido en la miseria.
93 Jamás olvidaré tus preceptos,
pues con ellos me haces vivir.
94 Yo te pertenezco: sálvame,
pues busco tus mandatos.
95 Que los malvados esperen mi ruina:
yo sé discernir tus decretos.
96 He visto el límite de toda perfección:
tu mandamiento se dilata sin fin.
97 ¡Cuánto amo tu voluntad!
La medito todo el día.
98 Tu mandamiento me vuelve más sabio que mis enemigos,
porque me pertenece para siempre.
99 Soy más sabio que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
100 Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus leyes.
101 Aparto mis pies de todo mal camino.
para guardar tu palabra.
102 Nunca me desvío de tus normas,
porque eres tú quien me enseña.
103 ¡Qué dulce a mi paladar es tu promesa,
más que la miel en mi boca!
104 Con tus preceptos, soy capaz de discernir,
y aborrecer cualquier mal camino.
105 Lámpara es tu palabra para mis pies,
y luz en mi camino.
106 Lo he jurado y lo mantengo:
observaré tus justas normas.
107 Estoy humillado en exceso, Señor,
hazme vivir, según tu palabra.
108 Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
y enséñame tus normas.
109 Mi vida está siempre en peligro,
pero no me olvido de tu voluntad.
110 Los malvados me tienden un lazo,
pero no me desvío de tus preceptos.
111 Tus preceptos son mi herencia para siempre,
la alegría de mi corazón.
112 Aplico mi corazón en la práctica de tus decretos,
esa es mi recompensa por siempre.
113 Detesto a los de corazón dividido
y amo tu voluntad.
114 Tú eres mi refugio y mi escudo,
yo espero en tu palabra.
115 Apartaos de mí, perversos,
que yo cumpliré los mandamientos de mi Dios.
116 Sosténme, según tu promesa, y viviré;
no permitas que me avergüence por mi esperanza.
117 Apóyame y estaré a salvo,
atento siempre a tus decretos.
118 Tú desprecias a los que se desvían de tus leyes,
pues sus cálculos son mentira.
119 Tienes por escoria a los malvados de la tierra,
por eso yo amo tus mandamientos.
120 Se horripila mi carne con tu temor
y tengo miedo a causa de tus normas.
121 He practicado el derecho y la justicia;
no me entregues a mis opresores.
122 Sal fiador de tu siervo para el bien,
y que no me opriman los soberbios.
123 Mis ojos se consumen esperando tu salvación,
y la promesa de tu justicia.
124 Trata a tu siervo conforme a tu amor,
y enséñame tus decretos.
125 Yo soy tu siervo, hazme entender,
y comprenderé tus preceptos.
126 Señor, es tiempo de actuar:
ellos han violado tu voluntad.
127 Por eso amo yo tus mandamientos,
más que el oro, y oro refinado.
128 Por eso aprecio tus preceptos
y odio el camino de la mentira.
129 Tus sentencias son maravillosas,
y por eso las guardo.
130 El descubrimiento de tus palabras ilumina
y da inteligencia a los sencillos.
131 Abro la boca y respiro
ansiando tus mandamientos.
132 Vuélvete a mí y ten piedad:
como es justo para los que aman tu nombre.
133 Asegura mis pasos con tu promesa,
y no dejes que ningún mal me domine.
134 Rescátame de la opresión del hombre
y observaré tus preceptos.
135 Haz que brille tu rostro sobre tu siervo
y enséñame tus decretos.
136 Torrentes de lágrimas bajan de mis ojos,
porque no cumplen tu voluntad.
137 Señor, tú eres justo,
y tus normas son rectas.
l38 Con justicia has ordenado tus sentencias,
como verdad suprema.
139 El celo me consume,
porque mis adversarios olvidan tus palabras.
140 Tu promesa es purísima,
y tu siervo la ama.
141 Yo soy pequeño y despreciable,
pero no olvido tus preceptos.
142 Tu justicia es justicia para siempre,
y tu voluntad es verdadera.
143 Angustia y opresión me han alcanzado,
tus mandamientos son mi delicia.
144 Tus decretos son justos para siempre,
dame inteligencia y viviré.
145 A ti clamo de todo corazón. ¡Señor, respóndeme!
Yo guardaré tus decretos.
146 A ti grito: isálvame!
y observaré tus mandatos.
147 Me adelanto a la aurora, implorando,
esperando tus palabras.
148 Mis ojos se adelantan a las vigilias,
para meditar tu promesa.
149 Señor, escucha mi voz, por tu amor,
hazme vivir, según tus normas.
150 Se acercan los infames que me persiguen,
están lejos de tu voluntad.
151 Tú estás muy cerca, Señor,
y todos tus mandamientos son estables.
152 Conozco tus mandamientos hace mucho tiempo,
porque los fundaste para siempre.
153 Mira mi miseria y líbrame,
pues no me olvido de tu voluntad.
154 Defiende mi causa y redímeme,
y dame vida con tu promesa.
155 La salvación está lejos de los malvados,
porque no buscan tus decretos.
156 Señor, tu compasión es grande,
dame vida según tus normas.
157 Mis perseguidores y opresores son numerosos,
pero yo no me he alejado de tus preceptos.
158 He visto a los traidores y he quedado desazonado
porque no guardan tu promesa.
159 Mira cómo amo tus preceptos, Señor,
dame vida, conforme a tu amor.
160 El compendio de tu palabra es la verdad,
y tus normas, la justicia para siempre.
161 Los príncipes me persiguen sin motivo,
pero mi corazón teme tus palabras.
162 Me alegro con tu promesa,
como quien ve un rico botín.
163 Detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu voluntad.
164 Siete veces al día te alabo
por tus justas normas.
165 Grande es la paz de los que aman tu ley:
nada los hace tropezar.
66 Yo aguardo tu salvación, Señor,
y practico tus mandamientos.
167 Yo guardo tus decretos:
los amo intensamente.
168 Yo guardo tus preceptos y mandamientos,
y todos mis caminos están ante ti.
169 iQue mi clamor llegue a tu presencia, Señor!
iDame inteligencia según tu palabra!
170 ¡Que mi súplica llegue a tu presencia!
iLíbrame según tu promesa!
l7\ Que mis labios proclamen alabanzas,
porque me enseñas tus leyes.
172 Que mi lengua cante tu promesa,
porque todos tus mandatos son justos.
173 Que tu mano venga a socorrerme,
porque he escogido tus preceptos.
174 Yo deseo tu salvación, Señor,
y tu voluntad es mi delicia.
m Que viva para alabarte,
que tus normas me auxilien.
176 Me extravié como oveja perdida:
ven a buscar a tu siervo,
porque no olvido tus mandamientos.

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 119
Jesús, el camino
Nos encontramos ante el salmo más extenso del salterio. 
Reúne un total de veintidós estrofas que corresponden a las 
veintidós letras del alfabeto hebreo. Cada estrofa se 
compone de ocho versículos en los que se ensalza la palabra 
de Dios como única fuente de santidad, entendida esta no en 
el sentido de perfeccionismo sino como vínculo de la 
comunión del hombre con Dios. El autor, inspirado por el 
Espíritu Santo, nos presenta la palabra bajo distintas 
acepciones: camino, ley, promesa, etc., que cobran todo su 
significado salvífico a partir de la encarnación del Hijo 
de Dios. Podemos decir que el presente himno nos ofrece el 
monumento más elevado de la espiritualidad de Israel 
respecto a la palabra de Dios.
En Jesucristo, la Palabra se hace carne. Él actúa como 
la espada de Yavé, rompiendo el velo que cubre toda ley, 
precepto, norma, etc., y deja al descubierto para el hombre 
todas las riquezas propias de Dios; es más, las pone a su 
servicio. Más aún, es por medio de la palabra como Dios 
imprime en el ser del hombre sus mismos atributos: su 
bondad, su misericordia, su eternidad, etc.
Blaise Pascal, comentando la riqueza de este salmo, 
decía que encontraba en él tantas cosas admirables que 
sentía un enorme y renovado gozo cada vez que lo rezaba y, 
cuando conversaba con sus amigos sobre su belleza, quedaba 
como transportado y se elevaba junto con él.
Vamos a introducirnos en los primeros versículos que 
ya nos muestran el sello de las impresionantes riquezas del 
salmo: «¡Dichosos los de camino intachable, los que andan
según la voluntad del Señor! ¡Dichosos los que guardan sus 
preceptos, buscándolo de todo corazón, los que recorren su
camino sin practicar la injusticia!».
Acabamos de leer dichosos, bienaventurados los que van 
por el camino perfecto. Indudablemente, como llamada de 
Dios que resuena en nuestro interior, es reconfortante; 
pero, ¿está en el hombre el poder escoger y decidir este 
camino que culmina en Dios?
Veamos la historia de Israel. Una vez que el pueblo 
alcanza la tierra prometida, ante la tentación de 
olvidarse, de dejar poco a poco de lado a Yavé, único 
artífice de su liberación, este le previene de tal 
desviación que no es otra que la de seguir su propio camino 
al margen del camino de Dios: «Cuidad, pues, de proceder 
como Yavé vuestro Dios os ha mandado. No os desviéis ni a 
derecha ni a izquierda. Seguid en todo, el camino que Yavé 
vuestro Dios os ha trazado: así viviréis, seréis felices y 
prolongaréis vuestros días en la tierra que vais a tomar en 
posesión» (Dt 5,32-33).245
Tengamos presente que el desviarse del camino es fruto 
de cerrar el oído al Dios que le habla, tener el oído 
extraño a su palabra cuando esta es la única luz que puede 
guiar sus pasos. Hay una relación entre el desvío de los 
pies que caminan y el del corazón que ya no escucha a Dios: 
«Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y 
desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yavé tu Dios que 
yo te prescribo hoy, si amas a Yavé tu Dios, si sigues sus 
caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas 
vivirás y te multiplicarás... Pero si tu corazón se desvía 
y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros 
dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis 
sin remedio...» (Dt 30,15-18). 
El hecho es que Israel, una vez acomodado y seguro en 
su prosperidad, deja de escuchar a Yavé. Cuando alguien no 
escucha a Dios no tiene hambre de Él. Poco a poco no es más 
que una figura decorativa o folclórica en su vida, alguien 
irrelevante, innecesario, de quien se puede prescindir. 
Llegamos así a un tipo de hombre dueño de todo menos de su 
trascendencia. Al seguir su propio camino, tarde o temprano 
este se convierte en un callejón sin salida. Es el fracaso 
del absurdo.
Israel representa este fracaso del hombre. Desde su 
orgullosa prepotencia se ve reducido al servilismo del 
destierro. Los profetas analizan el por qué de la 
decadencia del pueblo elegido, y concluyen que el pueblo no 
escuchó, no siguió el camino de Yavé: «¿Quién entregó al 
pillaje a Jacob, y a Israel a los saqueadores? ¿No ha sido 
Yavé contra quien pecamos, rehusamos andar por sus caminos, 
y no escuchamos sus instrucciones?» (Is 42,24). Junto con 
esta denuncia, los profetas exhortan al pueblo a volverse a 
Dios. Pero ¿cómo se puede hacer esta vuelta si el corazón 
ha llegado a ser una dura piedra de tanto escucharse a sí 
mismo y no a Él?
Ya que los hombres no podemos volvernos a Dios, será 
Él mismo quien se vuelva a nosotros. Se encarna en Jesús de 
Nazaret, el cual entra en la muerte, anula toda su 
destrucción y nos ofrece el Evangelio, la palabra de vida, 
que provoca en sus buscadores la auténtica hambre de Dios 
al mismo tiempo que les sacia. El Señor Jesús, en cuanto 
Hijo de Dios, tiene poder para decirnos: «Yo soy el Camino, 
la Verdad y las Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 
14,6). La buena noticia del Señor Jesús consiste en que, en 
Él y por Él, llegamos al Padre. 246




miércoles, 6 de noviembre de 2024

Salmo 120(119). Los enemigos de la paz (Amor a la verdad)





1 Cántico de las subidas.

En mi angustia grité al Señor,
y él me respondió.
2 iSeñor, líbrame de los labios mentirosos
y de la lengua traidora!
3 ¿Qué te va a dar o a mandar Dios,
oh lengua traidora?
4 Flechas de guerrero, afiladas,
con brasas de retama.
5 iAy de mí, exiliado en Mésec,
acampado en las tiendas de Cedar!
6 Hace mucho que vivo
con los que odian la paz.
7 Cuando yo digo: «Paz»,
ellos dicen: «Guerra».

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 120
Amor a la verdad

Este salmo presenta la figura de un hombre que tiene su 
morada entre gentiles pero sus ojos están firmemente fijos 
en Jerusalén, en cuyo templo reposa la gloria de Yavé. Es 
un cántico poético, breve pero profundísimo, que expresa la 
situación dramática que, en no pocas ocasiones, se vive la 
fe. Nuestro fiel israelita ama la verdad de Yavé y al Yavé 
de la verdad, pero vive en un ambiente en el que la mentira 
y el engaño son la moneda corriente de la sociedad en todas 
sus proyecciones: social, política, económica, religiosa, 
etc. «En mi angustia grité al Señor, y él me respondió. 
¡Señor, líbrame de los labios mentirosos y de la lengua 
traidora!... ¡Ay de mí, exiliado en Mésec, acampado en las 
tiendas de Cedar!». Mésec y Cedar son dos pueblos que 
representan a los gentiles.
Vemos cómo este hombre, que quiere ser fiel a Yavé, le 
pide que le libre de la falsedad, del engaño, sobre todo de 
la mentira que solapadamente provoca una relación ficticia 
y aparente del hombre con Dios. Relación que tiende a 
llegar a ser perversa. No hay mayor mentira y perversidad 
que llamar bien al mal, luz a la oscuridad, como 
repetidamente denuncian los profetas de Israel: «¡Ay, los 
que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan oscuridad 
por luz y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce y 
dulce por amargo!» (Is 5,20).
Es a estos falsos profetas, denunciados por Isaías, a 
los que podemos aplicar la imprecación del salmista. Hemos 
de tener presente que, si bien hay labios engañosos, es 
porque estos son correspondidos por oídos y corazones 
falsos y dobles. Oídos a los que les gusta oír sólo lo que 
les viene bien. En realidad estamos hablando de los 
estragos que Satanás, a quien las Escrituras llaman 
príncipe de la mentira, provoca entre los hombres de todas 
las religiones, razas y culturas.
Dios, siempre misericordioso con nosotros, envía a su 
Hijo para restablecer la armonía de la verdad. Él, que es 
la verdad de Dios Padre, marca con su predicación la línea 
divisoria entre la mentira y la transparencia. Se somete a 
la mentira de su pueblo hasta la muerte como única 
posibilidad de que sea suscitada la verdad. Por el Señor 
Jesús, por su santo Evangelio, el hombre recibe la 
capacidad de establecer una auténtica relación con Dios. La 
fuerza del Evangelio arranca todas las máscaras y hace 
resplandecer la verdad con tal belleza que el hombre la ama 
y corre a abrazarse con ella con la pasión del que, después 
de un terrible desierto, encuentra el lugar y el motivo 
para vivir.
El Señor Jesús exhorta a los que le escuchan a que se 
mantengan en la palabra que sale de sus labios; de este 
mantenerse-permanecer fieles, nacen los dones de Dios que 
engrandecen a toda persona: discipulazgo, verdad y 
libertad: «Decía, pues, Jesús a los judíos que habían 
creído en él: si os mantenéis en mi palabra, seréis 
verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la 
verdad os hará libres» (Jn 8,31-32). Es la Palabra-Verdad 
la que hace pasar al hombre de la situación de esclavo-
siervo a la de hijo: «En verdad, en verdad os digo: todo el 
que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda 
en casa para siempre; mientras que el hijo se queda para 
siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis 
realmente libres» (Jn 8,34-36).
Jesucristo pide a su Padre por sus discípulos, los de 
entonces y los de todos los tiempos. Le ruega que sean 
santificados en la verdad: «Santifícalos en la verdad: tu 
palabra es la verdad” (Jn 17,17). Jesús pide esto tan 
fundamental a su Padre y no se queda de brazos cruzados 
como quien dice «ya he cumplido»; sabe que por medio de su 
muerte la verdad brotará en la tierra santificando a los 
discípulos e iluminando al mundo entero. Por eso, después 
de la petición, continúa su oración con las siguientes 
palabras: «Y por ellos me santifico a mí mismo, para que 
ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17,19).
Los discípulos del Señor Jesús, siguiendo los pasos 
del Maestro, no se limitan, por ejemplo, a rogar 
simplemente por sus enemigos, como si así «ya hubiesen 
cumplido». No, ruegan y van a su encuentro, les hacen el 
bien, al igual que Jesús, «se santifican» –obedecen al 
Evangelio– por ellos. Este ejemplo lo podemos ampliar a 
tantas actitudes cristianas... Rezar por los pobres y 
ayudarles, por los enfermos y visitarles, por los 
desesperados y acompañarles, por los que no tienen fe y 
anunciarles...
El apóstol san Juan anuncia al numeroso rebaño que el 
Señor Jesús le ha confiado, que la garantía de que están en 
la verdad es el guardar dentro de su ser la Palabra. Más 
aún, les dice que, en la medida en que guardan la palabra, 
el amor de Dios hacia ellos llega a su plenitud: «En esto 
sabemos que le conocemos: en que guardamos sus 
mandamientos. Quien dice, yo le conozco y no guarda sus 
mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. 
Pero quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios 
ha llegado en él a su plenitud» (1Jn 2,3-6).
Verdad y amor, atributos de Dios que, a causa de la 
entrega incondicional de su Hijo, nos son dados a los 
hombres; son como fuentes que brotan del anuncio de la 
Buena Noticia, a la que todos tenemos acceso: ricos y 
pobres, jóvenes y adultos, sabios e ignorantes...; todos, 
ante la Palabra, estamos igualmente desnudos y 
necesitados... y despojados de pretensiones.


Salmo 114(113A). Himno Pascual (Contigo, no contra ti)

1Cuando Israel salió de Egipto,
la casa de Jacob de un pueblo balbuciente,
2 Judá se convirtió en su santuario,
e Israel en su dominio.
3 Al verlos, el mar huyó,
el Jordán se echó atrás.
4 Los montes saltaron como carneros,
las colinas como corderos.
5 ¿Qué te pasa, mar, para que huyas así?
¿Y a ti, Jordán, para que te eches atrás?
6 ¿Y a las montañas, para que salten como carneros?
¿Y a las colinas, para que salten como corderos?
7 La tierra se estremece delante del Señor,
ante la presencia del Dios de Jacob:
8 él transforma las rocas en estanque
y el pedregal en manantiales de agua

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 114
Contigo, no contra ti

Israel alaba a su Señor haciendo memoria histórica de sus 
maravillas. Proclama, exultante, su salida de Egipto 
enumerando los prodigios que Él ha hecho en favor suyo a lo 
largo de su caminar por el desierto. El himno es toda una 
liturgia de bendición y alabanza porque el brazo de su 
libertador se impuso sobre el mar Rojo, el río Jordán y 
demás obstáculos que impedían su peregrinación hacia la 
tierra prometida: «Cuando Israel salió de Egipto, la casa 
de Jacob, de un pueblo balbuciente, Judá se convirtió en su 
santuario, e Israel en su dominio. Al verlos, el mar huyó, 
el Jordán se echó atrás...».
Israel, testigo privilegiado de la omnipotencia 
amorosa de Yavé, lanza una exhortación a todos los pueblos 
de la tierra, les invita a que tiemblen ante la presencia 
de Yavé, ante su rostro: «La tierra se estremece delante 
del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob: él 
transforma las rocas en estanque y el pedregal en 
manantiales de agua».
Nos detenemos ante esta afirmación: «La tierra se 
estremece delante del Señor». El pueblo conoce este temor 
en el sentido de miedo aniquilador ante las manifestaciones 
de Yavé. Basta señalar su angustiosa reacción en la 
teofanía del Sinaí: «Todo el pueblo percibía los truenos y 
relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y 
temblando de miedo se mantenía a distancia. Dijeron a 
Moisés: habla tú con nosotros, que podremos entenderte, 
pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos»
(Éx 20,18-19).
Con el paso del tiempo, Dios, que no deja de catequizar a su pueblo por medio de los profetas, va 
acuñando en su corazón un concepto de temor y temblor que 
nada tiene que ver con el miedo irracional a ser aniquilados por Él. Es más, cada vez se manifiesta con más vehemencia que es el Dios que da la vida, no la muerte.
Veamos la experiencia, a este respecto, del profeta Ezequiel. Israel está en el destierro. Están privados del templo en el que daban culto a su Dios. Por si fuera poco, sus sacerdotes y profetas vagan sin sentido, sin rumbo, sin 
palabras, en medio de los gentiles donde están dispersos.
Yavé hace ver a Ezequiel esta situación desesperada 
del pueblo, poniendo ante sus ojos la imagen de un enorme 
cementerio. Todo son huesos dispersos. Pregunta al profeta 
si cree que esos huesos podrán volver a la vida, es decir, 
si es que queda alguna esperanza para el pueblo. Ezequiel 
queda atónito ante la pregunta y se la devuelve a Dios para 
que sea Él mismo quien responda. Oigamos su respuesta: 
«Entonces me dijo: Profetiza sobre estos huesos. Les dirás: 
Huesos secos, escuchad la palabra de Yavé. Así dice el 
Señor Yavé a estos huesos: «he aquí que yo voy a hacer 
entrar el espíritu en vosotros y viviréis. Os cubriré de 
nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de 
piel, os infundiré mi espíritu y viviréis; y sabréis que yo 
soy Yavé» (Ez 37,4-6).
Con esta promesa, Dios anuncia que en Él está la vida, 
no la muerte; la restauración, no la destrucción. Fiel a su 
palabra, levanta a Israel de su destierro y le hace volver
a la tierra prometida. Lo que quiere dar a entendernos Dios 
en todos los acontecimientos vividos por su pueblo, es que 
está con el hombre y no contra él, con nosotros, no contra 
nosotros. Tan con nosotros que se hizo hombre. El mismo 
Dios anunció a José el nombre de su Hijo, el que María 
llevaba en su seno: Jesús, que significa Salvador: «Dará a 
luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él 
salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).
Dios está con el hombre y no contra él. «Dios está contigo». Estas fueron las palabras que María escuchó de parte del ángel en la anunciación. María es imagen de la 
nueva humanidad engendrada por Jesucristo, el enviado del Padre. En y por Jesucristo, todo hombre-mujer puede pasar del temblor servil, que le deja inerte, al temblor que precede a la adoración. Temblor que nos pone en actitud de búsqueda; es un iniciar un camino que culmina en la comunión con Dios-Amor, el que nos da la vida eterna, la vida que permanece para siempre.
Recordemos aquel pasaje que nos cuenta la tempestad sufrida por los apóstoles en medio del mar. Sabemos que su barca estaba siendo violentamente zarandeada por las olas; que el viento, al ser contrario, arremetía contra los 
apóstoles que intentaban llegar a la orilla. Además, se nos dice que estaban en plena noche. Estos fenómenos, adversos 
a los apóstoles, recuerdan los fenómenos del Sinaí, de los 
que hemos hablado, que movieron al pueblo a distanciarse de 
Dios. Aquí, Jesús, traspasando dichos fenómenos, se acerca 
a los apóstoles y les grita con voz potente: ¡Ánimo!, no 
temáis que soy yo (cf Mt 14,22-27).
Desde el pecado de Adán y Eva, todos tenemos la tentación de escondernos de Dios. Nos han imbuido tanto lo que son sus tremendas exigencias que una proximidad auténtica con Él nos asusta. Habrá, pues, que echar mano de ciertas devociones y prácticas pías que, en cierto modo, sí indican una relación con Dios, mas, no la que Él quiere, 
que es la que nos da la libertad y anula todos nuestros temores. Recordemos a este respecto, las palabras que, de una forma o de otra, Dios, desde Abrahán, ha dirigido a todos aquellos que ha llamado para una misión: ¡No temas, yo estoy contigo! Repetimos, Dios está con nosotros, no 
contra nosotros. 


Salmo 113(112). Al Dios de gloria y de piedad (La causa del desvalido)


I ¡Aleluya!
¡Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor!
2 Bendito sea el nombre del Señor,
desde ahora y por siempre.
3 ¡Desde la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor!
4 ¡El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria está por encima del cielo!
5 ¿Quién puede igualar al Señor, nuestro Dios,
que se eleva en su trono
6 y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?
7 Levanta del polvo al débil,
saca de la basura al indigente,
8 para sentarlo con los príncipes,
junto a los príncipes de su pueblo.
9 A la estéril la sienta en su casa,
como alegre madre de hijos.
¡Aleluya! 

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)  

Salmo 113
La causa del desvalido
El salterio nos ofrece un himno donde parece que la gloria 
excelsa de Yavé, que llega incluso hasta traspasar los 
cielos, y su cercanía compasiva hacia el hombre, rivalizan 
entre sí. Nos imaginamos a Israel como si fuese una gran 
asamblea, y oímos un sucederse de gritos de júbilo y 
alabanza acompañados por un sinfín de trompetas. Es un 
estallido de multitud de corazones que proclaman la gloria 
y grandeza de Dios: «¡Aleluya! ¡Alabad, siervos del Señor, 
alabad el nombre del Señor! Bendito sea el nombre del
Señor, desde ahora y por siempre. ¡Desde la salida del sol 
hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor! ¡El Señor 
se eleva sobre todos los pueblos, su gloria está por encima 
del cielo!».
Llegados al punto culmen de la exaltación de Yavé y su 
nombre, y asemejándose a una partitura musical, el himno 
canta el descenso de Dios desde sus inmensas alturas hasta 
el hombre. Hace hincapié en que sus ojos se posan y vuelcan 
sobre el pobre desvalido: «¿Quién puede igualar al Señor, 
nuestro Dios, que se eleva en su trono y se abaja para 
mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al débil, 
saca de la basura hace al indigente...».
Es importante saber quién es el hombre cuya condición 
de desvalido atrae con tanta fuerza la mirada compasiva de 
Dios. Pobre y desvalido es, en general, todo aquel que está 
sometido a cualquier tipo de opresión. Sin embargo, 
bíblicamente hablando, pobre y desvalido es todo hombre 
que, estando sometido a cualquier clase de opresión, 
injusticia o persecución, renuncia a defenderse. No toma 
esta decisión por cobardía ni por impotencia. Actúa así 
porque está lleno de sabiduría; ha puesto su causa en manos 
de Dios con la madurez de fe del que sabe que Él le hará 
justicia.
Tengamos en este momento presente la experiencia de 
Jeremías. Sabemos que su misión profética encontró muy 
pronto una terrible y feroz oposición que dio paso al 
escarnio y persecución por parte del pueblo. ¿Qué hace 
Jeremías en esta situación límite? La palabra que Dios ha 
puesto en su boca (Jer 1,9), es sólo motivo de burla e 
irrisión; entonces su espíritu se derrama en grandeza y 
sabiduría. Conocedor de Dios, se limita a encomendarle su 
causa. Entiende que renunciando a defenderse, entra en la 
condición de los desvalidos a quienes Dios protege y 
levanta: «Escuchaba las calumnias de la turba: ¡Terror por 
doquier! ¡Denunciadle! ¡Denunciémosle!... Pero Yavé está 
conmigo cual campeón poderoso... ¡Oh Yavé Sebaot, juez de 
lo justo, que escrutas los riñones y el corazón! Vea yo tu 
venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa. 

Cantad a Yavé, alabad a Yavé, porque ha salvado la vida de 
un pobrecillo de manos de malhechores» (Jer 20,10-13).
En este contexto catequético, nuestros ojos se dirigen 
al canto entonado por María de Nazaret al ser llamada 
bienaventurada por su prima Isabel. Recibió esta alabanza
porque su corazón acogió y creyó lo que Dios le había 
anunciado por medio del ángel. María, elevando su espíritu 
hacia Dios y, como recogiendo en su aliento la gran y 
universal asamblea de todos los creyentes, proclamó: 
«Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los 
humildes» (Lc 1,52).
Este derribar a los potentados de sus tronos no quiere 
decir que Dios los castigue: Se caen ellos solos. 
Edificaron su trono, su vida sobre arena, y los oleajes 
propios de toda existencia terminaron por corroer y minar 
sus falsos y débiles cimientos.
En cambio, Dios levanta a los humildes, los desvalidos 
que han puesto su causa y defensa en sus manos. Hablemos 
del pobre, humilde y desvalido por antonomasia: Jesucristo. 
Renunció a cualquier tipo de defensa en el juicio inicuo al 
que fue sometido. Y no asumió esta actitud por cobardía, 
desilusión o abatimiento; sino que renunció porque sabía 
que su Padre, que le había enviado, no iba a ignorar su 
defensa. Sabía que no quedaría defraudado.
Este total fiarse de Jesús –recordemos que la palabra
fe viene del verbo fiarse–, le aseguraba con toda certeza 
que sería levantado; que su Padre lo ensalzaría sobre todo 
lo creado con el título de Señor. Título que siempre tuvo y 
que intentaron arrebatarle condenándole a muerte. Título 
que su Padre defendió, preservó y restituyó. Oigamos el 
testimonio que Pedro y Juan proclamaron ante los habitantes 
de Jerusalén: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de 
Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús 
a quien vosotros habéis crucificado» (He 2,36). 
El apóstol Pedro invita a sus comunidades y a todos 
los cristianos a seguir los pasos de Jesucristo justamente 
porque Él se puso en manos del único que le podía hacer 
justicia: su Padre: «Él que no cometió pecado, y en cuya 
boca no se halló engaño; él que al ser insultado, no 
respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que 
se ponía en manos de aquel que juzga con justicia...» (1Pe
2,22-24).


lunes, 4 de noviembre de 2024

Salmo 131(130). Con espíritu de infancia (Un corazón sabio)





1Cántico de las subidas. De David.
Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros.
No voy buscando grandezas,
ni prodigios que me superen.
2 ¡No! He acallado y moderado mis deseos,
como un niño de pecho en el regazo de su madre.
3 ¡Confíe Israel en el Señor,
desde ahora y por siempre!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 131
Un corazón sabio
Nos encontramos con uno de los salmos que mejor expresa el 
abandono y la confianza de un hombre en su relación con 
Dios. Se nos ofrece la oración de un israelita que tiene su 
corazón ya purificado de toda ambición, de toda pretensión 
y gloria; un corazón en el que habita la sabiduría de Dios. 
Oigámosle: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos 
altaneros. No voy buscando grandezas, ni prodigios que me 
superen».
Ante el susurro íntimo y agradecido de este fiel, lo 
primero que nos impresiona es que no busca su propia gloria 
sino la de Dios. Su iluminación consiste en saber que 
relacionarse con Él sin aparcar a un lado su propia gloria 
y ambición, no conduce absolutamente a nada. No se trata de 
un moralismo que exija sacrificar la gloria personal; es la 
sabiduría la que señorea el corazón del salmista y le da 
discernimiento para comprender que ambicionar la propia 
gloria es cultivar algo que muere con él, es un servir y 
adorar a Yavé desde la carne.
La espiritualidad de Israel define a la carne como 
toda actividad y potencialidad del hombre realizada al 
margen de Dios. Identifica el vivir en la carne con el 
gloriarse con las obras que, aun religiosas, no llevan el 
sello de Dios, por lo que acaban marchitándose. Sólo las 
obras que tienen su consistencia en Yavé permanecen para 
siempre.
El profeta Isaías compara la carne, la gloria 
personal, al fulgor majestuoso de la hierba y las flores 
del campo. Tienen su esplendor, después se amustian y 
mueren: «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor 
del campo. La flor se marchita, se seca la hierba, en 
cuanto le dé viento de Yavé –pues, cierto, hierba es el 
pueblo–. La hierba se seca, la flor se marchita, mas la 
palabra de nuestro Dios permanece para siempre».
Nuestro hombre orante escoge una vida sin pretensiones 
ni grandezas, lo cual no le exime de la duda, ni mucho 
menos de una personal crisis de fe. Crisis que acontece 
ante la tentación-insinuación de haber hecho una opción 
utópica que no le lleva a ninguna parte. Una vez más, la 
sabiduría que Dios ha grabado en su corazón le hace salir 
de sus pozos tentadores y proclama que Dios le enseña a 
descansar en Él como un niño recién amamantado descansa y 
duerme en los brazos de su madre: «¡No! He acallado y 
moderado mis deseos, como un niño de pecho en el regazo de 
su madre».
El paralelismo entre el salmista, lleno de sabiduría, 
y Jesucristo es de una evidencia meridiana. La gran e 
infranqueable barrera que se interponía entre el Señor 

Jesús y sus oyentes era –y en gran parte también lo es hoy 
y siempre–, que en su piedad no buscaban ni les interesaba 
la gloria de Dios sino la suya propia. Esta barrera les 
imposibilitaba creer; tenían bloqueado su camino hacia la 
fe: «¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos 
de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?»
(Jn 5,44).
Jesucristo, sabiduría del Padre, nos enseña a 
prescindir de nuestras pretensiones gloriosas. Entendámonos 
bien; he dicho prescindir, no renunciar. Si hablamos de 
renunciar, estamos refiriéndonos a algo que es valioso 
pero, como «Dios nos lo pide», hacemos el acto heroico de 
la renuncia. La cuestión es que ¿cuántas veces hemos 
renunciado heroicamente a ciertas cosas y después las hemos 
vuelto a coger en nuestro corazón? ¿Por qué? Porque muy 
probablemente, el heroísmo y la generosidad de la renuncia 
no iba en consonancia con el convencimiento del corazón. 
Llega un momento en que la cuerda se rompe de tanto 
tensarla, y el corazón reclama aquello a lo que ha 
renunciado. Por ello he hablado de prescindir, no de 
renunciar.
Se prescinde de aquello que no es útil, que no sirve 
para nuestros fines. El hombre sabio prescinde de su gloria 
porque no le vale, no le sirve para lo que su corazón le 
está pidiendo. El corazón del buscador de Dios tiende al 
encuentro con Él, gradualmente va reconociendo su rostro y 
entra en el aprendizaje del descanso del que el salmista 
nos ha hablado. Comprende, sin heroísmos ni generosidades 
moralistas, que «su propia gloria» le estorba, como le 
estorba una ropa que se le ha quedado estrecha. Tiene 
conciencia de que es un impedimento que le bloquea la 
experiencia que está haciendo de y con Dios, por lo que 
prescinde de ella.
Jesucristo nos ilumina esta gran verdad cuando dice a 
los judíos que no le interesa su gloria porque no vale para 
nada; que a él, lo que le interesa es que sea su Padre 
quien le glorifique. Sabe que la gloria que le viene de su 
Padre permanece para siempre: es la garantía de su victoria 
y resurrección: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria 
no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien 
vosotros decís: Él es nuestro Dios» (Jn 8,54). El apóstol 
Pablo es consciente de que los discípulos del Señor Jesús 
son también ellos glorificados por Dios: «Todos nosotros, 
que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo 
la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma 
imagen cada vez más gloriosos...» (2Cor 3,18). 


sábado, 2 de noviembre de 2024

Salmo 112(111). Elogio del justo (El justo y la luz)





1 ¡Aleluya!
¡Dichoso el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos!
2 Su descendencia será poderosa en la tierra,
bendita será la descendencia de los rectos.
3 En su casa hay riqueza y abundancia.
Su justicia permanece para siempre.
4 En las tinieblas brilla como una luz para los rectos,
él es justo, clemente y compasivo.
5 Dichoso el hombre que se apiada y presta,
y administra sus negocios con rectitud.
6 Él nunca vacilará,
el recuerdo del justo es para siempre.
7 Nunca teme las malas noticias:
su corazón está firme en el Señor.
8 Su corazón está seguro y no le teme a nada,
hasta ver derrotados a sus opresores.
9 Él da limosna a los pobres.
Su justicia permanece para siempre,
y alza la frente con dignidad.
10 El malvado lo ve y se enfurece,
rechina los dientes y se consume.
La ambición de los malvados fracasará. 

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 112
El justo y la luz

Un fiel israelita entabla un diálogo íntimo con Yavé, y de 
la riqueza de su corazón brota un poema lírico en el que 
van apareciendo distintos y variados elogios de lo que él 
considera el hombre justo. Según él, el hombre justo es 
alguien a quien Dios bendice incluso en su descendencia: 
«Su descendencia será poderosa en la tierra, bendita será 
la descendencia de los rectos». Tiene tan firmemente 
anclado su corazón en Dios, que no se dejará abatir por el 
miedo cuando éste se presente acompañado de las malas 
noticias que, de una forma o de otra, le alcanza al igual 
que a los demás mortales: «Nunca teme las malas noticias:
su corazón está firme en el Señor». Su justicia va 
acompañada de la compasión y de la misericordia, por lo que 
no escatima medidas a la hora de ayudar con sus bienes a 
los más desfavorecidos: «Él da limosna a los pobres. Su 
justicia permanece para siempre, y alza la frente con 
dignidad».
Podríamos seguir describiendo otros elogios que el 
salmista hace del hombre justo. Vamos, sin embargo, a 
detenernos en uno especial que nos parece el centro 
neurálgico de su poema: «En las tinieblas brilla como una 
luz para los rectos, él es justo, clemente y compasivo».
Es evidente que todo el salmo es una descripción del 
Mesías y, por supuesto, le identificamos en todos los 
rasgos ya mencionados. Pero queremos insistir en este 
último que acabamos de exponer: El justo es luz en las 
tinieblas.
No hay duda de que nos encontramos ante un signo 
mesiánico muy acusado. Jesucristo proclama: «Yo soy la Luz 
del mundo». Si seguimos sumergiéndonos en el Evangelio,
nuestros ojos se fijan en la oración de Zacarías, en la 
alabanza que salió de su boca ante el nacimiento de su hijo 
san Juan Bautista. En su oración bendicional proclama ante
todos los que se habían reunido a su alrededor, que el Hijo 
de Dios vendrá al mundo «para iluminar a los que habitan en 
tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros 
pasos por el camino de la paz» (Lc 1,79).
Jesucristo es la luz de Dios que abre nuestros ojos 
para que adquiramos una nueva capacidad de verle, conocerle j
y poseerle.
Al abrir los ojos de los hombres, Jesucristo 
manifiesta que su luz es la expresión de la ternura y 
misericordia de Dios Padre anunciada por el salmo. Ternura 
y misericordia que están encerradas, como un tesoro en su 
cofre, a lo largo de todo el Evangelio proclamado por su 
Hijo.231

Jesucristo ha sido enviado por el Padre para abrir 
nuestro espíritu hasta el punto de hacerlo apto para 
contemplar el rostro de Dios. Como signo de su misión 
tierna y misericordiosa con los hombres, le vemos iluminar 
los ojos de los ciegos que se cruzan en su camino. Con 
estos signos el Señor Jesús manifiesta su disposición de 
abrir los ojos de nuestra alma a fin de poder entrar en 
comunión con el Dios inabarcable e invisible; el mismo Dios 
ante quien el pueblo de Israel experimentaba tanto temor y 
recelo como, por ejemplo, sabemos que aconteció en su 
manifestación del monte Sinaí.
El apóstol Pablo, citando al profeta Isaías, afirma 
que cuando predica el misterio de Dios, anuncia lo que 
jamás el ojo vio ni el oído pudo oír, más aún lo que nunca 
ha podido llegar al corazón del hombre (1Cor 2,9). Continúa 
el apóstol y proclama con fuerza que, si bien Dios es 
invisible e inalcanzable a los sentidos humanos, sí es 
posible conocerle gracias al Espíritu Santo que se nos ha 
dado y que sondea hasta sus mismas profundidades: «Porque a 
nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el 
Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios»
(1Cor 2,10).
Entendamos bien el inapreciable don de Dios. El 
abrirnos sus profundidades no es algo elitista, no tiene 
que ver nada con misticismos. Hay una llave que abre su 
misterio y sus insondables abismos, es el santo Evangelio. 
En él se revela Dios a los que le buscan, a los que lo aman 
y a los que le saben escoger como lo más importante de su 
vida.
El sabio es el hombre que «tiene» tiempo para entrar 
en el misterio de Dios. El que, en la jerarquía de sus 
cosas importantes, ocupa un lugar preferencial el bucear 
apasionadamente una y otra vez en los manantiales del 
Evangelio. Como si fuese un riquísimo mar de coral, cada 
día se sumerge en sus aguas vivas hasta que sus manos 
acarician la perla preciosa allí escondida.
Esto es lo que define a un discípulo del Señor Jesús. 
La luz de Dios que posee, le permite ser esperanza para 
todos aquellos que padecen las tinieblas, y le rocía con su 
bondad, su compasión y su misericordia. «Porque en otro 
tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. 
Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz 
consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef 5,8-9).232





Salmo134(133). Para la fiesta nocturna (Bendigamos a Dios)


1Cántico de las subidas.
y ahora, bendecid al Señor,
todos los siervos del Señor,
que pasáis la noche
en la casa del Señor.
2 ¡Levantad las manos hacia el santuario
y bendecid al Señor!
3 Que el Señor te bendiga desde Sión,
él que hizo el cielo y la tierra

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)


Salmo 134
Bendigamos a Dios

La espiritualidad del pueblo de Israel se nos manifiesta
una vez más en este himno litúrgico, en el que se invita a
los servidores del templo a elevar sus manos hacia Yavé y a
proclamar su acción de gracias y bendiciones: «Y ahora,
bendecid al Señor, todos los siervos del Señor, que pasáis
la noche en la casa del Señor. ¡Levantad las manos hacia el
santuario y bendecid al Señor!».
Israel es el pueblo que conoce en su propia carne las
maravillas de Yavé. Son maravillas que tejen toda su
historia de salvación y que hacen brotar de su alma la
necesidad de aclamar, alabar y bendecir a Dios, que les ha
elegido y cuidado como un águila protege y defiende a su
nidada de las aves rapaces.
Son muchos los himnos y cánticos de bendición que
surgen festivamente del pueblo ante las continuas
intervenciones prodigiosas de Yavé en su favor. Nos
centraremos en el paso del mar Rojo porque es punto de
referencia obligado para penetrar en la conciencia que
tiene Israel de ser pueblo amado de Yavé; además, este
acontecimiento es central en su liturgia pascual.
Yavé abre para su pueblo el mar Rojo a fin de que
pudiese cruzarlo con paso firme. Una vez cruzado, el pueblo
ve con sus propios ojos cómo el ejército perseguidor quedó
sepultado bajo las aguas cuando intentó seguir los pasos de
Israel cruzando el mar. El libro del Éxodo nos revela que,
ante tan impresionante prodigio de Yavé, el pueblo, con
Moisés a la cabeza, elevó su canto de bendición.
Israel siente la necesidad de agradecer a Dios, de
aclamarle, de bendecidle porque algo portentoso ha
sucedido: Yavé se ha puesto a su lado y le ha preservado de
la destrucción que se cernía sobre él, exterminando a sus
destructores. Ante la evidencia de sentirse amado y
defendido, su boca se aúna en una sola voz, un único clamor
para bendecir a su liberador.
Israel, pues, entona un canto de bendición cuyo texto
no es otro que el que han visto escrito en el brazo
salvador de Dios: «Viendo Israel la mano fuerte que Yavé
había desplegado contra los egipcios, temió el pueblo a
Yavé y creyeron en Él y Moisés, su siervo. Entonces Moisés
y los israelitas cantaron este cántico a Yavé. Dijeron:
Canto a Yavé pues se cubrió de gloria arrojando en el mar
caballo y carro. Mi fortaleza y mi canción es Yavé. Él es
mi salvación. Él, mi Dios, yo le glorifico...» (Éx 14,31-
15,1-2). Yavé bendice a su pueblo salvándolo del
exterminio; y este, desde lo más profundo de su experiencia
salvífica, le bendice a Él.

He aquí la fuente de toda bendición de los hombres
hacia Dios; se le bendice por motivos concretos, por hechos
reales de los que somos testigos. Es tanto lo que Dios ha
hecho por Israel que le podemos llamar el pueblo de la
bendición; y es que le sobran motivos para ello.
Damos un salto desde la historia liberadora del pueblo
elegido y nos acercamos a Zacarías, padre de Juan Bautista
y sacerdote del Templo. Nos dicen los evangelios que, al
nacer su hijo, el Espíritu Santo tomó posesión de él y su
boca proclamó la bendición a Yavé porque vio en el Mesías,
de quien su hijo había de ser precursor, la fuerza de
salvación que Dios había prometido por medio de los
profetas: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha
visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una
fuerza de salvación en la casa de David, su siervo» (Lc
1,68-69).
Zacarías vio también que Dios enviaba a su Hijo para
llevar a su cumplimiento definitivo la alianza que había
hecho con Abrahán bajo juramento: «Haciendo misericordia a
nuestros padres y recordando su santa alianza y el
juramento que juró a nuestro padre Abrahán» (Lc 1,72-73).
El canto bendicional de Zacarías nos sirve de eje para unir
todas las bendiciones con que Dios bendijo a su pueblo, las
que nos han sido concedidas por medio de su Hijo, y en las
que toda la humanidad ha sido bendecida.
Al igual que Israel, también la Iglesia, y por motivos
más profundos, bendice a Dios. Los cristianos bendecimos a
Dios por habernos dado-entregado a su Hijo para conducirnos
en un nuevo éxodo cuya meta es el mismo Dios. Las cartas de
los apóstoles nos brindan toda una serie de himnos
litúrgicos que testimonian el espíritu de bendición que
animaba a las primeras comunidades cristianas.
Entre los distintos cánticos de aclamación, alabanza y
bendición que encontramos en estos textos, hacemos
referencia al que Pablo nos transcribe en el primer
capítulo de su Carta a los efesios. Inicia el apóstol su
bendición a Dios Padre dándole gracias por todos los dones
que nos ha otorgado en la persona de Jesucristo: «Bendito
sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha
bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en
los cielos, en Cristo... eligiéndonos de antemano para ser
sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo... en él
tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de
los pecados según la riqueza de su gracia...» (Ef 1,3-7).