viernes, 6 de diciembre de 2024

Salmo 126(125). Canto del regreso (Alegrémonos en Dios)

[Cántico de las subidas.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
2 la boca se nos llenó de risas,
la lengua de canciones.
Hasta entre las naciones se comentaba:
«¡El Señor ha estado grande con ellos!».
3 Sí, el Señor ha estado grande con nosotros,
y, por eso, estamos alegres.
4 Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
5 Los que siembran con lágrimas
siegan entre canciones.
6 Van andando y llorando,
llevando la semilla.
Al volver, vuelven cantando
trayendo sus gavillas.

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)


Salmo 126
Alegrémonos en Dios

El salterio nos ofrece este himno triunfal y de acción de 
gracias entonado por la gran asamblea de Israel. Lo 
situamos en una etapa histórica del pueblo. Sus hijos 
inician el fin del destierro en Babilonia que, en distintas 
oleadas, van asentándose en su propia tierra. Bajo 
Nehemías, gobernador de Judea, deciden, no sin graves 
dificultades, reconstruir el templo de Jerusalén, signo de 
su pertenencia a Yavé.
Alegría, gozo, risas y cánticos estallan jubilosos en 
las bocas de los hijos de Israel, y bendicen a Yavé que ha 
levantado el castigo del destierro, manifestándose una vez 
más como el Dios de misericordia que se mantiene fiel a su 
alianza a pesar de la infidelidad del pueblo: «Cuando el 
Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: La boca 
se nos llenó de risas, la lengua de canciones».
Esta acción portentosa de Yavé no sólo ha provocado la 
alegría incontenible de su pueblo, sino también la 
admiración y el reconocimiento de las naciones paganas 
hasta el punto de reconocer que Yavé, el Dios de Israel, es 
poderoso con sus obras a favor de los suyos: «Hasta entre 
las naciones se comentaba: “¡El Señor ha estado grande con 
ellos!”. Sí, el Señor ha estado grande con nosotros, y, por 
eso, estamos alegres».
Ya los profetas habían anunciado que Yavé se apiadaría 
de su pueblo y que actuaría para que volviese a la tierra 
de donde fue arrancado. Profetizaban también que, ante tal 
acontecimiento, las naciones conocerían al Dios de Israel 
como aquel que tiene la fuerza y el poder que no poseen sus 
dioses. Dios, por medio de su pueblo y actuando en su 
favor, se va a dar a conocer a todos los pueblos. 
Reconocerán en él al Dios universal que acompaña, protege y 
salva. Escuchemos a Ezequiel: «Se dirá: esta tierra, hasta 
ahora devastada, se ha hecho como jardín de Edén, y las 
ciudades en ruinas, devastadas y demolidas, están de nuevo 
fortificadas y habitadas. Y las naciones que quedan a 
vuestro alrededor sabrán que yo, Yavé, he reconstruido lo 
que estaba demolido y he replantado lo que estaba 
devastado. Yo, Yavé, lo digo y lo hago» (Ez 36,35-36).
Cristiano es aquel que ve nacer en su interior un 
torrente de gozo y alegría por lo que Dios ha hecho con y 
por él. Es alguien que, al igual que Israel, puede decir: 
Dios ha sido bueno conmigo porque ha hecho grandes obras en 
mí.
A este respecto, presentamos la figura de María de 
Nazaret, imagen de la fe de todo discípulo del Señor Jesús. 
Las primeras palabras que escucha de parte de Dios son una 
invitación al gozo y la alegría. Gozo y alegría que nacen 261

del hecho de que Dios está con ella: «Alégrate, llena de 
gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).
María, portadora de un júbilo incontenible que le 
viene de Dios, irradia su felicidad de tal forma que Juan 
Bautista, estando aún en el seno de su madre Isabel, salta 
de gozo ante su presencia y al oír su voz: «¡Bendita tú 
entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿de dónde 
que la madre de mi Señor venga a mí? Porque apenas llegó a 
mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi 
seno» (Lc 1,42-44).
El impulso que movió a Juan Bautista a saltar de gozo 
en el seno de su madre, es el signo del júbilo y la 
esperanza que embargan a todo hombre ante la salvación de 
la que es portador Jesucristo, el Hijo de Dios, enviado 
para darle la vida en abundancia (Jn 10,10).
Todavía estaba María hablando con su prima Isabel 
cuando algo se produjo en su corazón, un impulso 
incontenible de júbilo que la movió a entonar un canto de 
alabanza a Dios. Embargado su espíritu de la alegría y de 
la fiesta, proclamó: «Engrandece mi alma al Señor y mi 
espíritu se alegra en Dios mi salvador... porque ha hecho 
en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre» (Lc 
1,46-49). La alabanza no puede nacer nunca de algo 
prefijado en un ritual. Es una fuente, a veces serena, 
otras borbotante, que tiene su origen en una experiencia: 
Dios ha sido grande contigo, Dios ha hecho maravillas en 
ti, Dios ha sobrepasado tus deseos y tus sueños, ¿cómo no 
hacer fiesta con él?, ¿cómo no alabarle y bendecidle?
La vida de todo hombre es preciosa a los ojos de Dios. 
Su drama y su tragedia estriba en situar su vida en una 
especie de estancamiento, sin darse cuenta de que es un ser 
valiosísimo para Dios; tan valioso como para ser comprado y 
rescatado de la mano del príncipe del mal con la misma 
sangre de su Hijo.
Consciente de que el corazón del hombre ha sido creado 
para vivir en fiesta con Dios, el apóstol Pablo invita a 
sus comunidades al gozo y a la alegría en el Señor Jesús: 
«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad 
alegres. Que vuestra mesura sea conocida por todos los 
hombres» (Flp 4,4-5). Que vuestra mesura –sensatez, 
equilibrio, sencillez– sea conocida por todos los que os 
rodean de forma que puedan proclamar: «El Señor ha estado 
grande con ellos», como lo proclamaron las naciones paganas 
ante la liberación de Israel.


martes, 3 de diciembre de 2024

Salmo 124(123). El salvador de Israel (El lazo se rompió y escapamos)


1 Cántico de las subidas.
Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
-que lo diga Israel-
2 si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando los hombres nos asaltaron...
J nos habrían tragado vivos,
tal era el fuego de su ira.
4 Nos habrían inundado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
5 las aguas espumantes,
nos habrían llegado hasta el cuello.
6 iBendito sea el Señor! Él no nos entregó
como presa para sus dientes.
7 Escapamos vivos, como huye el pájaro
de la red del cazador:
la red se rompió y nosotros escapamos.
8 ¡Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 124
El lazo se rompió y escapamos

La asamblea entona un himno de acción de gracias a Yavé 
recordando con amor y gratitud sus numerosas intervenciones 
salvíficas. Israel sabe que no es un pueblo como los demás. 
En él Dios está presente actuando y protegiéndole. Los 
otros pueblos tienen la conciencia de que sus dioses están 
lejanos, por eso necesitan atraer su atención con toda 
serie de sacrificios que llegan, incluso, a las 
inmolaciones humanas. Como sabemos, la experiencia de 
Israel es totalmente otra; su Dios, Yavé, está en los 
cielos y en la tierra, está con él, a favor de él y de 
parte de él contra sus enemigos.
El himno se abre justamente proclamando con júbilo 
esta evidencia: Israel sabe que sigue siendo pueblo porque 
Yavé está con ellos, está a su favor: «Si el Señor no 
hubiera estado de nuestra parte –que lo diga Israel–, si el 
Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando los 
hombres nos asaltaron... nos habrían tragado vivos, tal era 
el fuego de su ira». A continuación se enumeran 
festivamente algunas de las intervenciones de Dios a lo 
largo de la historia del pueblo, intervenciones que son tan 
significativas como determinantes. Israel tiene la 
experiencia de que otros pueblos vecinos han desaparecido 
como tales ante acontecimientos políticos, bélicos, etc. 
Sin embargo, Israel no, Israel tiene un nombre entre los 
demás pueblos, y se lo debe a Yavé. Su elección es la 
garantía de su supervivencia. No son un pueblo mejor que 
los demás pueblos, pero tiene conciencia de que Dios le ha 
confiado la misión de ser la luz que ilumina a todas las 
naciones.
Así lo proclamó, estremecido de gozo, el anciano 
Simeón cuando tomó sobre sus brazos al Mesías recién nacido 
en el día en que sus padres lo presentaron en el templo. 
Con una emoción inefable, bendijo a Yavé con las palabras 
que el Espíritu Santo puso en su boca: «Ahora, Señor, 
puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en 
paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has 
preparado a la vista de todos los pueblos, luz para 
iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 
1,29-32).
Volviendo al himno y a las actuaciones salvíficas que 
en él se proclaman y ensalzan, nos detenemos en una en la 
que vamos a profundizar. Con imágenes propias de la cultura 
oriental, se canta que un lazo se ha tendido sobre el 
pueblo, que este se rompió y quedaron libres. No se rompió 
el lazo por sí mismo, ni la fuerza del pueblo lo desgarró 
en jirones. Fue Yavé quien, por el honor de su nombre, 
volvió a liberar a los suyos. Honor a su nombre quiere decir que Yavé no puede faltar a sus promesas: «Escapamos 
vivos, como huye el pájaro de la red del cazador: la red se 
rompió y nosotros escapamos. ¡Nuestro auxilio es el nombre 
del Señor, que hizo el cielo y la tierra!».
Entrevemos una relación entre el lazo aprisionador del 
que Yavé les ha librado, y el destierro con su posterior 
liberación, al que fueron sometidos por Babilonia. Acerca 
del lazo que cayó sobre ellos, hemos de recordar que, 
cuando Israel llega a las puertas de la tierra prometida, 
Dios les previene del peligro del lazo que puede caer sobre 
él. Les dice: ¡No te dejes seducir por los dioses de los 
pueblos vecinos que yo voy a desalojar para que tengáis su 
tierra en posesión! Recordemos que Israel hasta entonces ha 
sido testigo de que fue Yavé quien, hazaña tras hazaña, les 
liberó de Egipto, les alimentó y mantuvo en el desierto y 
les condujo hasta allí. Escuchemos la exhortación que Dios 
les hace: «Cuando Yavé tu Dios haya exterminado las 
naciones que tú vas a desalojar ante ti, cuando las hayas 
desalojado y habites en su tierra, guárdate de dejarte 
prender en el lazo siguiendo su ejemplo, después de haber 
sido ellos exterminados ante ti y de buscar sus dioses...»
(Dt 12,29-30).
Israel no obedeció a Yavé, quiso probar hasta qué 
punto los sugestivos dioses de los otros pueblos podrían 
hacerle bien. Tal y como es Israel, es el hombre de todos 
los tiempos, ¡Dios nos parece poco para nuestra vida! 
Echamos mano de otros «dioses» más sugestivos y, por ello, 
más «eficaces», más «prácticos», para resolver nuestros 
problemas concretos. Así somos. Una cosa es servir-
servilmente a Dios con sacrificios y rezos y otra cosa es 
obedecerle.
Israel, siempre tan servil, desobedeció a Dios, y, 


como se lo había profetizado, cayó el lazo sobre él. Tal y 
como Yavé les había predicho, fueron llevados a la terrible 
humillación del destierro. Dios, que es siempre fiel a su 
pueblo, rompió las argollas de su nueva esclavitud, como 
canta el salmo: el lazo se rompió y escapamos.
Jesucristo, el Hijo de Dios, lleva sobre su ser todos 
los lazos, todas las esclavitudes, todos los destierros, 
todas las humillaciones y todos los males del hombre. Como 
signo de esta realidad, el lazo de la muerte cayó sobre Él 
y lo arrojó al sepulcro. Dios, su Padre, rompió el lazo, 
quebró la coraza de muerte que le envolvía, miró al 
sepulcro y no quedó de él piedra sobre piedra. Hizo escapar 
a su Hijo del lazo de la muerte: el lazo se rompió, se 
escapó Él y nos escapamos todos.
La Iglesia primitiva tenía conciencia de que la 
victoria de Jesucristo sobre la muerte fue la herencia que 
Dios nos dejó a todos por su Hijo Jesucristo. Es una 
constante en la predicación apostólica de la que 
entresacamos las siguientes palabras del apóstol Pablo: «Si el espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los 
muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Cristo de 
entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos 
mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 
8,11).


domingo, 1 de diciembre de 2024

Salmo 141(140). Contra la seducción del mal(El ungüento del impío)

1 Salmo. De David.
iSeñor, te estoy llamando, socórreme deprisa!
iEscucha mi voz cuando clamo a ti!
2 iSuba mi oración como incienso en tu presencia,
mis manos alzadas como ofrenda de la tarde!
3 Señor, pon en mi boca una guardia,
un centinela a la puerta de mis labios.
4 No dejes que mi corazón se incline a la maldad,
que cometa crímenes junto con los malhechores.
¡No participaré en sus banquetes!
5 Que el justo me golpee, que el bueno me corrija.
Que el ungüento del malvado no perfume mi cabeza,
pues me comprometería en sus maldades.
Ó Sus jefes cayeron, despeñándose,
aunque habían escuchado mis palabras amables.
7 Como piedra de molino, reventada por tierra,
están esparcidos nuestros huesos,
junto a la boca de la tumba.
8 Hacia ti, Señor, elevo mis ojos,
me refugio en ti, no me dejes indefenso.
9 Guárdame de las trampas que me han tendido,
y de los lazos de los malhechores.
la ¡Caigan los malvados en sus propias redes,
mientras yo escapo, en libertad!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 141
El ungüento del impío
El Salterio nos presenta en este poema a un fiel israelita 
abriendo su alma hacia Yavé. En un clima de profunda 
intimidad le brinda su oración, asemejándola al aroma del 
incienso que inunda el Templo en las liturgias celebradas 
por el pueblo santo: «Señor, te estoy llamando, socórreme 
deprisa! ¡Escucha mi voz cuando clamo a ti! ¡Suba mi 
oración como incienso en tu presencia, mis manos alzadas 
como ofrenda de la tarde!».
A lo largo de su plegaria, formula a Dios un deseo que 
nos llama poderosísimamente la atención. Lleno de sabiduría 
y discernimiento espiritual, observa detenidamente a los 
hombres que le rodean y descubre el sello que identifica al 
justo y al impío.
Justo es todo aquel lo suficientemente amante de la 
verdad como para prescindir de todo miramiento humano a la 
hora de ejercer y recibir el beneficio de la corrección 
fraterna. Es alguien que ama sin condicionamientos, por 
ello tiene la libertad de espíritu para poner a su hermano 
en la verdad: «Que el justo me golpee, que el bueno me 
corrija».
En cuanto al sello identificador del impío no puede 
ser más evidente. Es un mago de la adulación, a la que el 
salmista define como «el ungüento del malvado». Sus 
palabras son lisonjeras, y no tienen otro fin que arrastrar 
a la mentira y al mal. 
Nuestro hombre orante es consciente de que el mayor 
daño que puede recaer sobre él consiste en que alguien, que 
dice ser su amigo, susurre a sus oídos palabras tan 
gratificantes como engañosas; y que le induzcan al desvío 
e, incluso, a la ruptura de su relación con Dios: «Que el 
ungüento del malvado no perfume mi cabeza, pues me 
comprometería en sus maldades».
Recorriendo las Escrituras, reparamos en un hecho en 
el que se nos muestra con meridiana claridad la figura del 
impío-adulador, reflejada en el salmo. Se trata de Antíoco 
Epifanes, rey de Siria, que invadió Jerusalén en el siglo 
II antes de Cristo. Antíoco desató una persecución 
religiosa terrible sobre Israel, y sometió a crueles 
tormentos a todos aquellos que permanecieron fieles a Yavé.
Entre los martirizados por su fe, cobran especial 
relevancia los llamados hermanos Macabeos, que eran siete, 
junto con su madre. El rey fue sacrificando uno por uno a 
todos los hermanos, empezando por el mayor, delante de su 
madre, esperando que esta decayera en su fortaleza ante la 
ejecución de los frutos de sus entrañas. Sin embargo, uno 
tras otro dirigían sus pasos hacia sus verdugos, espoleados 291

por el ánimo que recibían de su madre, lo que dejó al rey 
inmerso en un mar de estupefacción y odio.
Uno a uno, fueron muriendo hasta que quedó el menor. 
Ante este, el rey cambió de actitud: en vez de amedrentarlo 
con crueldad y despotismo poniendo ante sus ojos los 
instrumentos de tortura, intentó congraciarse con él 
echando mano del arma de la que nos prevenía el salmista: 
el ungüento del impío, es decir, la adulación y la lisonja: 
«Mientras el menor seguía con vida, no sólo trataba de 
ganarle con palabras, sino hasta con juramentos le prometía 
hacerle rico y muy feliz, con tal de que abandonara las 
tradiciones de sus padres; le haría su amigo y le confiaría 
altos cargos» (2Mac 7,24b).
La respuesta del muchacho no se hizo esperar: «Ahora 
nuestros hermanos, después de haber soportado una corta 
pena por una vida perenne, cayeron por la alianza de Dios; 
tú, en cambio, por el justo juicio de Dios cargarás con la 
pena merecida por tu soberbia» (2Mac 7,36). 
Jesucristo, el Hijo de Dios, también fue tentado y 
solicitado lisonjeramente por el impío. También Satanás 
intentó derramar «su ungüento» sobre Él. Recordemos que, 
una vez bautizado por Juan Bautista, se retiró al desierto 
para prepararse a la misión que su Padre le había 
encomendado. Al final de su estancia, se le acercó Satanás 
para tentarle, aprovechando su debilidad física a causa de 
su ayuno.
Sabemos que susurró a sus oídos por tres veces. Nos 
fijamos en la tercera tentación. En ella, el Tentador-impío 
derrochó todas sus artes de seducción y adulación 
presentando ante sus ojos los reinos de la tierra. Allí le 
prometió el poder y la gloria si, rechazando a su Padre, le 
adoraba a él. La respuesta del Señor Jesús fue tan 
implacable que no dejó lugar a dudas ni a componendas. Tan 
fulminante que desarmó al padre de la mentira de todas sus 
seducciones y pretensiones: «Dícele entonces Jesús: 
apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios 
adorarás, y sólo a Él darás culto» (Mt 4,10).
El hermano menor de los Macabeos anticipó y profetizó 
la victoria definitiva de Dios contra el tentador por medio 
de su Hijo. Desenmascarado el impío del ungüento de mentira 
que siempre le acompaña, el Señor Jesús tiene autoridad 
para decirnos a todos los hombres: «Yo soy el Camino, la 
Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).292

 

viernes, 29 de noviembre de 2024

Salmo 123(122). Oración de los afligidos (Mis ojos en los tuyos)


1Cántico de las subidas.
A ti levanto mis ojos,
a ti, que habitas en el cielo.
2 Como los ojos de los esclavos,
fijos en las manos de su señor,
y como los ojos de la esclava,
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
fijos en el Señor nuestro Dios,
hasta que se compadezca de nosotros.
3 ¡Misericordia, Señor! ¡Ten misericordia de nosotros,
porque estamos hartos de desprecio!
4 Nuestra vida está harta
del sarcasmo de los satisfechos
y del desprecio de los soberbios.

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 123
Mis ojos en los tuyos

Este salmo nos ofrece la súplica colectiva del pueblo de
Israel a Yavé. Todos, a una sola voz, se acogen a la piedad
y compasión del Dios que ha hecho alianza con ellos. Se
cobijan confiados bajo su poder y misericordia, en un
momento de su historia en el que el desprecio que sufren
por parte de sus enemigos hace tambalear su piedad y su fe.
«¡Misericordia, Señor! ¡Ten misericordia de nosotros,
Yahvé, porque estamos hartos de desprecio! Nuestra vida
está harta del sarcasmo de los satisfechos...».
Es cierto que no son pocos los salmos que inciden en
el mismo tema; idéntica situación de oprobio con la
consiguiente súplica. Sin embargo, también es cierto que
 encomendado, renunció a la
posición de privilegio de la que disfrutaba en la corte del
Faraón al ser adoptado por una de sus hijas. Hizo causa
común con su pueblo maltratado, y, desafiando la muerte,
llevó a cabo la liberación de Israel. Pudo hacerlo, se
mantuvo firme porque sus ojos traspasaban la Palabra que
salía de la boca de Yavé hasta encontrar los ojos del que
le hablaba: «Por la fe Moisés salió de Egipto sin temer la
ira del Faraón; se mantuvo firme como si viera al
invisible» (Heb 11,27). Su capacidad de contemplar al
invisible fue la fuente de su sabiduría y la roca de su
fortaleza y perseverancia en medio de la persecución e
incomprensión, incluso de los suyos, del pueblo que había
de liberar.254

Jesucristo nos da un testimonio precioso y personal de
su relación con el Padre. Su Evangelio sale a la luz no
sólo porque lo oye de Él: «Yo no he hablado por mi cuenta,
sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que
tengo que decir y hablar» (Jn 12,49), sino también porque
lo ha visto en su rostro: «Yo hablo lo que he visto donde
mi Padre» (Jn 8,38).
Sólo a la luz de su profunda experiencia, el Señor
Jesús podía llevar adelante su misión. Sólo sostenido por
el doble encuentro de miradas del Hijo con el Padre y del
Padre con el Hijo, fue posible la salvación del mundo.
Aceptó ser aplastado recogiendo sobre sus espaldas todo lo
que aplasta al hombre. Jesús lleva a su plenitud la
experiencia de Moisés. Hizo un camino hacia el Padre
pasando por la cruz sin dejar de verle, con sus ojos fijos
en el invisible. Ojos que fueron su fuerza para afrontar la
muerte, y también la fuerza que le levantó del sepulcro.
¿Cómo nos es dado a nosotros hoy día hacer no sólo la
experiencia de Moisés sino, más aún, la del Señor Jesús?
¿Se puede vivir la fe sin ver al invisible? ¡Evidentemente,
no! El combate de la fe supera nuestras reales
posibilidades. Tendremos que buscar hasta que nuestros ojos
den con Dios, con el invisible. Esto no es una fábula ni
tiene que ver nada con una especie de varita milagrosa o
mágica. Dios está vivo, presente, con rostro y ojos en su
Palabra. Todo aquel que, perdiendo los miedos, decide
sumergirse en las aguas vivas del Evangelio, termina por
encontrarle. El cristiano es, por encima de todo, un
buscador; y esto hasta tal punto es importante que, cuando
el sello de ser buscador no existe, o, simplemente, se deja
de lado, el único dios que se da en la mente es el de la
propia fantasía.
Así pues, es en el Evangelio donde se hace posible que
nuestros ojos puedan ver al invisible. Al principio es algo
casi imperceptible, pero, poco a poco va creciendo la
intuición de que Alguien está ahí. Gradualmente, nuestros
ojos empiezan a percibir una presencia, más aún, una
persona, que no es sino el Dios que cada vez se te hace más
nítido y cercano. Buscar a Dios en el Evangelio hasta
llegar a encontrarlo, lo propone Jesús con estas palabras:
«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido
en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a
esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo
que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44). El campo son
las Sagradas Escrituras, y el tesoro escondido en ellas, es
Dios.255

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Salmo 122(121). Saludo a Jerusalén (La nueva Jerusalén)


Cántico de las subidas. De David.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
2 ¡Nuestros pies ya se detienen
en tus umbrales, Jerusalén!
3 Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
4 A ella suben las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor.
5 Allí están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.
6 Desead la paz a Jerusalén:
«iVivan seguros los que te aman,
7 haya paz dentro de tus muros,
y seguridad en tus palacios!».
8 Por mis hermanos y mis amigos,
yo digo: «iLa paz esté contigo!».
9 Por la casa del Señor nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 122
La nueva Jerusalén

Este cántico refleja la alegría desbordante de los
peregrinos que, desde todos los rincones de Israel, acuden
en peregrinación a Jerusalén –acontecimiento que tenía
lugar tres veces al año–, siendo la Pascua la más
importante. Al júbilo propio que supone peregrinar hacia el
Templo santo, se le une también la acción de gracias al
poder contemplar reconstruida la casa de Dios.
Israel ha derramado innumerables lágrimas a causa de
la destrucción del Templo por parte de Nabucodonosor. Salió
hacia el destierro con esa terrible amargura grabada en su
alma; todo un pueblo, con el corazón traspasado por el
dolor ante las ruinas que se ofrecen a sus ojos, fue
forzado a abandonar la ciudad de la gloria de Yavé: la
Jerusalén de sus entrañas.
El salmista anuda en su composición poética toda una
serie de bendiciones ensalzando la ciudad otra vez santa,
otra vez fuerte, otra vez llena de la gloria de Yavé: «¡Qué
alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!
¡Nuestros pies ya se detienen en tus umbrales, Jerusalén!
Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. A ella
suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre
de Israel a celebrar el nombre del Señor».
Son muchos los textos del exilio en los que hombres de
fe del pueblo de Israel, movidos por el Espíritu Santo, dan
testimonio ante sus desanimados hermanos de la certeza de
que Yavé, su Dios, volverá a reconstruir Jerusalén.
Testifican que Dios perdonará una vez más a su pueblo y
que, como signo de su perdón, volverá a levantar su casa,
su morada, en medio de ellos. Una de las personas que
mantuvo su fe en medio de un pueblo completamente pagano
fue Tobías. Entresacamos su testimonio: «¡Jerusalén, ciudad
santa! Dios te castigó por las obras de tus hijos, mas
tendrá otra vez piedad de los hijos de los justos. Confiesa
al Señor cumplidamente y alaba al Rey de los siglos para
que de nuevo levante en ti, con regocijo, su tienda, y
llene en ti de gozo a todos los cautivos y muestre en ti su
amor a todo miserable por todos los siglos de los siglos»
(Tob 13,9-10).
Lo que nos impresiona de este texto es ver cómo Tobías
empieza reconociendo que Jerusalén ha caído en manos de
gentiles a causa de su infidelidad para con Dios. Admitida
y asumida la culpa, veremos cómo declara dichosos,
bienaventurados, a todos aquellos que, en vez de hacer leña
del árbol caído, han tenido lágrimas para llorar su castigo
y destrucción. A estos les profetiza algo que va a elevar y
fortalecer su ánimo, una noticia que hará que sus ojos,
secos y desgastados por tantas lágrimas derramadas, rompan 
en rayos de luz como sucede cuando despunta la aurora: 
«¡Dichosos los que te amen! ¡Dichosos los que se alegren en 
tu paz! ¡Dichosos cuantos hombres tuvieron tristeza en 
todos tus castigos, pues se alegrarán en ti y verán por 
siempre toda tu alegría! Bendice, alma mía al Señor y gran 
Rey, que Jerusalén va a ser reconstruida y en la ciudad su 
casa para siempre» (Tob 13,14-16).
Hemos dado a conocer el maravilloso testimonio de 
Tobías y pasamos ahora a exponer uno de los muchos cantos 
de salvación que nos ha legado el profeta Isaías. Nos lo 
imaginamos transportado por el mismo Yavé al entonar su 
poema: «¡Pasad, pasad por las puertas! ¡Abrid camino al 
pueblo! ¡Reparad, reparad el camino y limpiadlo de piedras! 
¡Izad pendón hacia los pueblos! Mirad que Yavé hace oír 
hasta los confines de la tierra; decid a la hija de Sión: 
mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, 
y su paga le precede. Se les llamará pueblo santo, 
rescatados de Yavé; y a ti se te llamará buscada, ciudad no 
abandonada» (Is 62,10-12).
Todas estas bendiciones y alabanzas dirigidas a la 
Jerusalén que va a ser reconstruida, nos hablan en todos 
sus matices del Mesías. Él es el bendito de Dios enviado 
para bendecir a los hombres. Graba en el mundo el sello 
definitivo de la bendición de Dios fundando la Iglesia, de 
la que la Jerusalén reconstruida es figura. Envía a sus 
discípulos con la misión de ser sal y luz del mundo o, como 
testimoniaba Diogneto, autor de la Iglesia primitiva, Dios 
ha llamado a los cristianos a ser el alma del mundo.
Es tan importante la misión de la Iglesia –la nueva 
Jerusalén– para el mundo, que Jesucristo la funda sobre sí 
mismo, siendo, como es, la roca de Yavé. Recordemos cuando 
Jesús pregunta a los apóstoles quién dice la gente que es 
Él. Sabemos que las respuestas fueron variadas: que si 
Jeremías, que si Elías, que si un profeta más... Jesús 
entonces se dirigió a ellos y les dijo: muy bien, esto es 
lo que dice la gente; pero vosotros ¿quién decís que soy 
yo? Recordemos la respuesta de Pedro: Tú eres el Cristo, el 
Hijo de Dios vivo. Entonces Jesús le dijo: «Bienaventurado 
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la 
carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 
Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra 
edificaré mi Iglesia» (Mt 16,17-18).

Salmo 121(120). El guardián de Israel (Dios, nuestro guardián)




1 Cántico para las subidas.
Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde vendrá mi auxilio?
2 Mi auxilio viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
3 Él no permitirá que tropiece tu pie,
itu guardián nunca dormirá!
4 No, no duerme ni cabecea
el guardián de Israel.
5 El Señor te guarda a su sombra,
él está a tu derecha.
6 El sol no te herirá de día,
ni la luna de noche.
7 El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu vida.
s El Señor guarda tus entradas y salidas,
desde ahora y por siempre.

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo

Salmo 121
Dios, nuestro guardián

Este salmo evoca el estado anímico de un hombre a quien 
podemos definir como buscador de Dios. Son muchas las 
pruebas que ha de afrontar en su búsqueda, y tiene la 
sabiduría para asumir que no puede realizar su camino hacia 
Dios si Él mismo no le protege y sostiene, si no vela por 
él en sus dudas y sufrimientos. Y así vemos cómo se dirige 
a Él con un título extraordinariamente significativo: su 
auxilio y su guardián. Dios, vigilante celoso de su camino, 
actuará para que sus pies no titubeen ni se desvíen: 
«Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi 
auxilio? Mi auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la 
tierra. Él no permitirá que tropiece tu pie ¡tu guardián
nunca dormirá!... El Señor te guarda de todo mal, él guarda 
tu vida».
La espiritualidad del salmista enlaza con la 
experiencia vivida por Israel la noche en que salió de 
Egipto hacia la libertad. A pesar de la imposibilidad de 
que un pueblo esclavo pudiese traspasar el umbral de la 
opresión a que le tenía sometido un país poderosísimo como 
Egipto, Israel salió. No emprendió su marcha a escondidas 
sino ante los ojos de sus opresores. Israel sabe que su 
éxodo fue posible porque, en aquella noche santa, Yavé 
actuó como su guardián custodiando y dirigiendo sus pasos: 
«El mismo día que se cumplían los cuatrocientos treinta 
años, salieron de la tierra de Egipto todos los ejércitos 
de Yavé. Noche de guarda fue esta para Yavé, para sacarlos 
de la tierra de Egipto» (Éx 12,41-42).
Son muchos los textos que, a lo largo del Antiguo 
Testamento, reflejan la figura de Yavé como centinela y 
guardián de su pueblo, remarcando bien que lo es porque Él 
mismo se manifiesta como garante y valedor de las palabras 
de liberación que ha proclamado sobre su pueblo. Cada 
palabra es como un juramento del que no puede 
desentenderse.
A este respecto, podemos profundizar en el hecho de 
cómo llama Dios a Jeremías para el ministerio profético. La 
primera reacción del profeta ante la llamada es la del 
temor hasta el punto de que pone a Dios de manifiesto su 
incompetencia. ¡No puedo hablar en tu nombre! ¡Soy un 
muchacho y ni siquiera sé expresarme! Dios le responde que 
sí, que sabe muy bien que no es capaz de expresarse. La 
cuestión es que nadie puede expresar ni comunicar la 
sabiduría, la palabra de Yavé. Hay un abismo infranqueable 
entre la palabra y sabiduría humanas y la palabra y 
sabiduría de Dios. 
Dios da a Jeremías una garantía para acallar sus 
protestas y excusas, que no dejan de ser legítimas. Yavé 250

extiende su mano, toca la boca del profeta y le dice: Yo 
mismo pongo mis palabras en tu boca, no temas, yo estoy 
contigo.
Como Dios sabe que todo hombre es duro de corazón para 
creer, y Jeremías no es una excepción, se sirve de un signo 
que tiene ante sus ojos para fortalecer su corazón. Veamos 
este texto: «Entonces me fue dirigida la palabra de Yavé en 
estos términos: ¿Qué estás viendo, Jeremías? Una rama de 
almendro estoy viendo. Y me dijo Yavé: Bien has visto. Pues 
así soy yo, velador de mi palabra para cumplirla» (Jer 
1,11-12).
Almendro en hebreo significa vigilante, centinela 
atento. Es un árbol que está como al acecho de la 
primavera, por eso es el primero en echar sus flores y sus 
frutos. Es como si Dios estuviera diciendo a Jeremías: 
Mira, he puesto mis palabras en tu boca, no tengas miedo 
porque yo seré tu guardián; yo seré valedor y garantía de 
que mis palabras puestas en ti darán su fruto. Tú limítate 
a acogerlas y a guardarlas... obedece y el fruto déjamelo a 
mí... yo estaré como guardián en vela hasta su 
cumplimiento.
Este matiz, tan bello y profundo de la espiritualidad 
de Israel, estalla en toda su fuerza y su luz en la persona 
de Jesucristo. Él se siente acompañado, guardado por su 
Padre, en su misión, aunque tenía la certeza de que todos, 
absolutamente todos, habrían de abandonarle. Así aconteció, 
efectivamente, cuando le prendieron: «Entonces los 
discípulos le abandonaron todos y huyeron» (Mt 26,56).
En la relación de comunión de Jesús con su Padre, se 
entrelazan amorosamente dos fidelidades tan intensas como 
íntimas. El Padre guarda como un centinela a su Hijo y, al 
mismo tiempo, este guarda con pasión la Palabra recibida 
del Padre: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no 
valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien 
vosotros decís: él es nuestro Dios, y sin embargo, no le 
conocéis. Yo sí que le conozco, y si dijera que no le 
conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le 
conozco y guardo su palabra» (Jn 8,54-55).
El apóstol Juan transmite a sus oyentes la buena 
noticia de que esta fidelidad entre Jesús y el Padre –que 
tiene como base: Jesús que guarda la Palabra, y el Padre 
que le guarda a Él– se realiza en todo hombre-mujer que 
acoge y guarda con toda su alma la Palabra escuchada. El 
mismo Jesucristo, Hijo de Dios, se compromete a ser su 
guardián en todas sus pruebas: «Sabemos que todo el que ha 
nacido de Dios no peca, sino que el engendrado de Dios le 
guarda y el maligno no llega a tocarle...» (1Jn 5,18).251

Salmo 146(145). Himno al Dios temible (Apoyáos en mí)




1 ¡Aleluya!

jAlaba, alma mía, al Señor!

2 Alabaré al Señor mientras viva.

¡Tocaré para mi Dios mientras exista!

3 ¡No pongáis vuestra seguridad en los poderosos,

en un hombre que no puede salvar!

4 ¡Exhalan el espíritu y vuelven al polvo,

y ese mismo día perecen sus planes!

5 Dichoso el que se apoya en el Dios de Jacob,

guien pone su esperanza en el Señor, su Dios.

6 El hizo el cielo y la tierra,

el mar y todo lo que existe en él.

Él mantiene su fidelidad eternamente,

7 hace justicia a los oprimidos,

y da pan a los hambrientos.

El Señor libera a los prisioneros.

8 El Señor abre los ojos de los ciegos.

El Señor endereza a los que se doblan.

El Señor ama a los justos.

9 El Señor protege a los extranjeros,

sustenta al huérfano y a la viuda,

pero trastorna el camino de los malvados.

10 El Señor reina eternamente.

¡Tu Dios, oh Sión,

reina de generación en generación!

¡Aleluya!


Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)


Salmo 146
Apoyaos en mí
El salterio nos ofrece este himno litúrgico de alabanza a 
Yavé, el único a quien el ser humano debe de rendir culto 
de adoración. A lo largo del salmo, el autor señala la 
razón por la que sólo Yavé es digno de alabanza y 
bendición, en contraposición a cualquier hombre por muy 
encumbrado que esté: «¡Alaba, alma mía, al Señor! Alabaré
al Señor mientras viva. ¡Tocaré para mi Dios mientras 
exista!». 
Yavé, como su propio nombre indica, «Es el que es», es 
decir, tiene la vida en y por sí mismo; y, precisamente, 
porque es vida por esencia, la puede dar y, de hecho, la 
da. En cambio, el hombre es apenas un soplo que, llegado su 
tiempo, se apaga; y, con él, todas sus obras y proyectos: 
«Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, y ese mismo día 
perecen sus planes».
Partiendo de esta realidad, el salmista nos instruye 
catequéticamente. Es como si nos preguntara: ¿En quién 
confías tu vida?, ¿en alguien que, aunque sea un príncipe, 
no es más que un hijo de hombre, y que, como tal, no puede 
salvar? «¡No pongáis vuestra seguridad en los poderosos, en 
un hombre que no puede salvar!».
El versículo que acabamos de transcribir nos ilumina 
acerca de uno de los pilares básicos y fundamentales de la 
fe. Todos sabemos que la fe implica apoyarse en alguien. El 
salmista proclama con énfasis que la vida de un fiel 
israelita se apoya únicamente en Yavé, creador de los 
cielos y la tierra: «Dichoso el que se apoya en el Dios de 
Jacob, quien pone su esperanza en el Señor, su Dios. Él
hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que existe en 
él».
Yavé anuncia, con énfasis, por medio del profeta 
Jeremías una maldición y una bendición. Maldición para todo 
hombre que apoye su vida, en todas sus dimensiones –
seguridades, elecciones, proyectos...– en cualquier otro 
hombre, por muy atrayentes que sean los bienes que ofrece a 
su corazón. Es maldito porque, al inclinar hacia él la 
balanza de su vida, paulatinamente se va alejando de Dios. 
Es maldito porque pone su ser en quien no tiene la vida y, 
por lo tanto, no le puede salvar: «Así dice Yavé: maldito 
sea aquel que confía en hombre, y hace de la carne su 
apoyo, y se aparta de Yavé en su corazón» (Jer 17,5).
En cambio, es bendito todo aquel que se apoya en Yavé. 
Bendito porque no se sentirá defraudado y porque no 
conocerá la confusión ni el fracaso; se trata del fracaso 
último, el que rasga inmisericordemente el telar de nuestra 
vida. Jeremías llama benditos a estos hombres, benditos 
porque sus raíces están plantadas en Dios, por lo que, aun 301

en medio de las pruebas y sufrimientos, no dejan de dar 
fruto: «Bendito sea aquel que se fía de Yavé, pues no 
defraudará Yahvé su confianza. Es como árbol plantado a las 
orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus 
raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su 
follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se 
retrae de dar fruto» (Jer 17,7-8).
Volvemos al salmo, y nos damos cuenta de por qué se 
llama feliz al hombre cuyo apoyo y esperanza están en Yavé: 
porque Él no le abandona; le sostiene, le hace justicia y 
le protege. Nos lo dice en términos propios con que la 
espiritualidad de Israel define la acción de Dios con los 
suyos: «Hace justicia a los oprimidos, y da pan a los 
hambrientos. El Señor libera a los prisioneros. El Señor
abre los ojos de los ciegos. El Señor endereza a los que se 
doblan».
Dios ha bendecido a toda la humanidad al enviarnos a 
su Hijo. Él es la bendición de Dios sobre el hombre, y que 
se va manifestando y aconteciendo progresivamente. El Señor 
Jesús inicia su misión curando a ciegos, sordos, 
paralíticos, leprosos, etc., hasta que anuncia la noticia 
sorprendente: ¡Vengo a daros la vida! 
La vida que buscáis donde no está, y en quien no os la 
puede dar porque no la tiene. Yo la tengo en propiedad, yo 
Soy el que soy, igual que mi Padre. Yo os doy la vida 
eterna. Creed en mí, apoyaos en mí. No temáis, yo soy 
vuestro Maestro. Venid a mí, porque sólo yo puedo enseñaros 
a apoyaros en Dios.
En la medida en que las palabras del Maestro se 
adueñan de nuestro ser, crece nuestra fe, nuestro apoyo y 
confianza en Él. Él mismo dice que esta forma de creer es 
la que nos otorga la vida eterna: «Porque aquel a quien 
Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el 
Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo 
en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 
3,34-36).
Es justamente este don, otorgado por Jesucristo, el 
eje de la predicación de los primeros apóstoles, como 
vemos, por ejemplo, en este texto de la Carta del apóstol 
Pablo a los romanos: «Al presente, libres del pecado y 
esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, 
la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; 
pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo 
Jesús Señor nuestro» (Rom 6,22-23). 302

Salmo 142(141). Oración de un perseguido(Líbrame, Señor)



142(141). Oración de un perseguido
(Líbrame, Señor)

1 Poema. De David. Cuando estaba en la cueva. Súplica.

2 iA voz en grito, imploro al Señor!

iA voz en grito, suplico al Señor!

3 Derramo ante él mi lamento,

ante él expongo mi angustia,

4 mientras mi aliento desfallece.

Pero tú conoces mis senderos,

y que en el camino por el que ando

me han tendido una trampa.

s Mira a la derecha y fíjate:

iya nadie me reconoce,

no tengo lugar de refugio,

a nadie que mire por mí!

6 A ti grito, Señor,

y digo: «Tú eres mi refugio,

mi lote en el país de la vida».

7 Presta atención a mi clamor,

pues ya estoy agotado.

iLíbrame de mis perseguidores,

que son más fuertes que yo!

8 iHazme salir de mi prisión,

para que dé gracias a tu nombre!

Los justos se congregarán a mi alrededor,

por el bien que me has hecho.


 Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)


Salmo 142

Líbrame, Señor

Cuando David cayó en desgracia a los ojos de Saúl, tuvo que 

huir y buscar refugio en las cuevas del desierto de Judea. 

Estas servían de refugio a los ladrones y, en general, a 

todos aquellos que tenían cuentas con la justicia. La 

espiritualidad de Israel pone en boca de David esta 

bellísima invocación a Yavé que evoca su persecución e 

infortunio.

David se siente atrapado por un lazo. No comprende que 

Saúl le pague de este modo sus años de servicio y 

fidelidad. Su estupor ante tantas maquinaciones es tanto 

mayor cuanto que es consciente de su irreprochabilidad e 

inocencia. No le cabe en su mente que se le pague con el 

mal ante el bien que ha hecho; de ahí su grito clamoroso: 

«¡A voz en grito imploro al Señor! ¡A voz en grito suplico

al Señor! Derramo ante él mi lamento, ante él expongo mi 

angustia... En el camino por el que ando me han tendido una

trampa. Mira a la derecha y fíjate. ¡ya nadie me reconoce,

no tengo lugar de refugio, a nadie que mire por mí!».

Como ya podemos entrever, la experiencia trágica de 

David es un anuncio profético del Mesías cuya vida fue 

atrapada por el lazo de la muerte. El Príncipe de la 

mentira y del mal sedujo con sus artes a los sumos 

sacerdotes, fariseos, escribas y hasta todo el pueblo para 

arrancar su vida. Jesucristo, verdad del Padre, entra 

voluntariamente en el lazo aprisionador que la mentira ha 

arrojado sobre Él. Mentira seductora que es bebida con 

ansia por aquellos que deberían ser la garantía de la 

verdad y la rectitud.

Tal perversión de mente y corazón, que invierte los 

parámetros del bien y del mal, de lo justo e injusto, ya 

había sido objeto de denuncia por parte de los profetas de 

Israel: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; 

que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan 

amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5,20).

Realidad perversa que cobra toda su amplitud cuando 

los sumos sacerdotes echan mano del Cordero inocente y lo 

conducen a la muerte. ¿Razón de su condena? El pretendido 

Mesías es un ser blasfemo e impío, su perversidad atenta 

contra Dios. El supuesto celo religioso del pueblo encaminó 

al Señor, a Jesús, a la muerte y muerte de cruz.

Jesucristo previene a sus discípulos, de entonces y de 

siempre, advirtiéndoles de que la misión a la que Él les 

envía no va a ser aplaudida ni reconocida. Esto por la 

simple razón de que la mentira y su príncipe nunca van a 

aplaudir ni reconocer la verdad. Es más, les anuncia que la 

persecución y el odio que ha caído sobre sus espaldas, 

también les alcanzará a ellos: «Si el mundo os odia, sabed 293

que a mí me ha odiado antes que a vosotros... Acordaos de 
la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su 
señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a 
vosotros» (Jn 15,18-20).
Igualmente les predice de que, así como los sumos 
sacerdotes creyeron que actuaban bien y hacían un servicio 
a Dios al condenarle a muerte, también ellos serían 
perseguidos bajo el pretexto de salvaguardar la pureza del 
culto a Dios: «Os expulsarán de las sinagogas. E incluso 
llegará la hora en que todo el que os mate piense que da 
culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al 
Padre ni a mí» (Jn 16,2-3).
Ante tal panorama, nos hacemos una pregunta: ¿Qué es 
lo que mantiene hoy día a tantos hombres y mujeres en su 
fidelidad al Señor Jesús y su Evangelio? Es indudable que 
no son mantenidos por sus fuerzas y cualidades, ya que 
estas se desvanecen ante situaciones injustas e hirientes 
que afrontan.
Lo que mantiene al discípulo en un mundo hostil a la 
verdad no es sino la presencia del Señor Jesús en todo su 
ser. Es presencia y, al mismo tiempo, fuerza. El discípulo 
siente bajo sus pies la roca indestructible que es su 
Señor. Por más que arrecien los vientos, las olas y todo 
tipo de presión, su vida y su misión están en manos de Dios 
que le sostiene.
Los discípulos de Jesucristo son conscientes de que, 
desde la fuerza de Dios, hacen un servicio al mundo al que 
aman, ya que lo miran con los mismos ojos con que Dios lo 
mira y lo ama: «Yo no me complazco en la muerte de nadie, 
sea quien fuere, oráculo del Señor Yavé. Convertíos y 
vivid» (Ez 18,32).
El discípulo del Señor Jesús tiene la experiencia de
que ha sido enviado al mundo con una misión, anuncio de 
salvación, que le supera totalmente. En su debilidad, 
constata, con inenarrable asombro, cómo su Señor Jesús le 
sostiene en sus combates, le levanta en sus caídas –que no 
son pocas– y enjuga las lágrimas que brotan a causa de 
tantas contradicciones por las que ha de pasar. Además, 
ante la persecución, su grito no es contra sus enemigos 
sino hacia Dios. ¡Señor, tú que me has enviado, líbrame!
Terminamos con el testimonio de un discípulo que 
enfrentó toda clase de persecuciones, males y peligros para 
llevar adelante la misión que Jesucristo le había confiado. 
Nos referimos al testimonio de Pablo: «¡Todo lo puedo en 
Aquel que me conforta!» (Gál 4,13).294


domingo, 24 de noviembre de 2024

Salmo 140(139). Contra los malvados (La corona de Jesucristo)




1 Del maestro de coro. Salmo. De David.
2 Señor, sálvame del hombre perverso,
líbrame de! hombre violento.
3 En su corazón, planean el mal,
y provocan peleas todo el día.
4 Afilan su lengua como serpientes,
y bajo sus labios hay veneno de víboras.
5 Defiéndeme, Señor, de las manos del malvado,
guárdame del hombre violento.
Planean zancadillas para mis pasos.
6 Los soberbios me preparan trampas,
los perversos me tienden una red
y me ponen lazos en el camino.
7 Pero yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
¡Señor, escucha mi voz suplicante!
8 iSeñor Dios, mi fuerte salvador
tú me cubres la cabeza en el día de la batalla!
9 iSeñor, no concedas los deseos de los malvados,
no favorezcas sus planes!
¡Que los que me rodean no alcen la cabeza!
10 ¡Que los cubra la maldad de sus propios labios!
11 ¡Lluevan sobre ellos ascuas encendidas!
¡Caigan en abismos y no logren levantarse!
12 ¡Que el que calumnia no se afirme en la tierra,
y que el mal persiga al violento hasta la muerte!
13 Yo sé que el Señor hace justicia al pobre
y defiende el derecho de los indigentes.
14 Los justos alabarán tu nombre,
y los rectos vivirán en tu presencia

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

 

Salmo 140

La corona de Jesucristo

El presente salmo es atribuido al rey David. Nos sobrecoge su actitud orante y confiada. Sus enemigos, en especial Saúl, se ceban en él, por lo que acude a Yavé para que sea su auxilio y su escudo: «Señor, sálvame del hombre perverso, líbrame del hombre violento. En su corazón, planean el mal, y provocan peleas todo el día. Afilan su lengua como serpientes, y bajo sus labios hay veneno de víboras».

David enfrenta la persecución de Saúl y su ejército con la misma inferioridad con que se enfrentó a Goliat. Su lógica es meridiana: Si Yavé estuvo a mi lado para derrotar al jefe de filas de los filisteos, que estaba armado hasta los dientes, con una simple piedra de mi honda, también me ha de ayudar ahora en esta persecución inicua que estoy padeciendo; de ahí su susurro: «Pero yo digo al Señor: “Tú eres mi Dios”. ¡Señor, escucha mi voz suplicante! ¡Señor Dios, mi fuerte salvador, tú me cubres la cabeza en el día de la batalla! ¡Señor, no concedas los deseos de los malvados, no favorezcas sus planes».

Vamos a detenernos con calma en la densidad de este susurro esperanzado de David. Llama a Yavé «mi fuerte salvador». El rey tiene conciencia de que Yavé es el que siempre ha salvado a Israel. Su confianza ilimitada en que Dios es salvador, le hace apropiarse de su don salvífico personalizándolo en sí mismo. Por eso le invoca diciéndole: 

«¡Señor Dios, mi fuerte salvador!».

El Dios a quien invoca David, no está simplemente en los cielos observando plácidamente el universo que ha creado o el pueblo que ha elegido. Es alguien que se preocupa del hombre concreto, y más, como en el caso de David, si le ha encomendado una misión de cara a Israel. Por eso se dirige a él confiadamente. Le dice: sé que tú eres quien me va a librar de mis enemigos, tú eres la fuerza en mi debilidad y penuria. A continuación, y para dar más énfasis a su confesión de fe, le añade: sé que me tú cubres la cabeza en el día de la batalla.

En la cultura de Israel, la cabeza no es un miembro más del cuerpo humano, ni siquiera el más noble y 

distinguido. La cabeza es sinónimo de la persona, se identifica totalmente con ella.

En este contexto, podemos decir que David está llamando a Yavé su protector, el que le defiende y guarda de sus enemigos en todo lo que él es en su totalidad, alma y cuerpo.

Como todos los salmos, también este es mesiánico, tiene su cumplimiento en Jesucristo. Nos llama poderosamente la atención que si, por una parte, David afirmó de Dios que él cubría su cabeza en sus batallas, por otra, contemplamos a Jesús, en su combate contra todo tipo de mal, abatido y, además, también con su cabeza cubierta... con una ignominiosa corona de espinas. Parece como si Yavé le hubiese abandonado a su suerte en la misión que le confió.

Sabemos que Dios resucitó a su Hijo y lo hizo vencedor de todo mal para nuestra salvación. Quiero, además, señalar que el autor de la Carta a los hebreos puntualiza que Dios, al resucitar a su Hijo, le cambió la corona de ignominia 
entretejida de espinas por una honorífica de gloria: «Y a 
aquel que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a 
Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber 
padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la 
muerte para bien de todos» (Heb 2,9). Es más, añade que los 
padecimientos del Señor Jesús fueron nuestra medicina 
saludable para que también nosotros pudiéramos ser 
partícipes de su gloria: «Convenía, en verdad, que Aquel 
por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos 
hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento 
al que iba a guiarlos a la salvación» (Heb 2,10).
El Señor Jesús, el que enfrentó la muerte revestido de 
ignominia y humillación sobre su cabeza, cubre la nuestra 
en nuestro combate. Permanecer y crecer en la fe no es sino 
enfrentar cada día el mal. No hablamos solamente del mal 
que nos rodea sino, y sobre todo, del que a causa del 
pecado original llevamos dentro, y alimentamos con nuestras 
opciones y decisiones hechas al margen de la sabiduría de 
Dios.
En este combate que libramos a lo largo de nuestra 
vida, el Señor Jesús es nuestro escudo, nuestra espada, 
nuestro yelmo de salvación, el que cubre y protege nuestra 
cabeza en cada enfrentamiento que hacemos contra el poder 
de Satanás. Así nos lo atestigua el apóstol san Pablo: «¡En 
pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la verdad y 
revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies 
con el celo por el Evangelio de la paz..., tomad también, 
el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la 
palabra de Dios» (Ef 6,14-17). 
El autor del libro del Apocalipsis nos anuncia la 
victoria de todos aquellos que combatieron apoyados en el 
Señor Jesús: «Ellos lo vencieron gracias a la sangre del 
Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque 
despreciaron su vida ante la muerte» (Ap 12,11).290

sábado, 23 de noviembre de 2024

Salmo 139(138). Homenaje a Aquel que lo sabe todo (¿Quién conoce a Dios?)





1Del maestro de coro. De David. Salmo.

Señor, tú me sondeas y me conoces.

2 Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto,

de lejos penetras mi pensamiento.

3 Examinas cuando ando y cuando me acuesto,

todos mis caminos te son familiares.

4 No me ha llegado aún la palabra a la lengua,

y tú, Señor, la conoces entera.

5Tú me envuelves por detrás y por delante,

y pones tu mano sobre mí.

6 Es una sabiduría maravillosa que me sobrepasa,

¡es tan sublime que no puedo alcanzarla!

7 ¿Adónde podría ir, lejos de tu soplo?

¿Adónde podría huir, lejos de tu presencia?

8 Si subo al cielo, allí estás tú.

Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.

9 Si alzo el vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta los confines del mar,

10 allí me alcanzará tu izquierda,

me sujetará tu derecha.

II Si digo: «Que al menos me cubran las tinieblas,

y la luz se convierta en noche a mi alrededor»,

12 ni siquiera las tinieblas son tinieblas para ti,

y la noche es clara como el día.

13 Porque tú has formado mis entrañas,

tú me has tejido en el seno materno.

14 ¡Yo te doy gracias por tamaño prodigio,

y me maravillo con tus maravillas!

Conocías hasta el fondo de mi alma,

15 no se te ocultaban mis huesos.

Cuando, en lo secreto, era yo formado,

tejido en la tierra más profunda,

16 tus ojos veían mis acciones,

se escribían todas en tu libro.

Mis días estaban ya calculados,

antes, incluso, de que llegara el primero.

17 Pero, ¡qué difíciles me resultan tus proyectos!

Dios mío, iqué inmenso es su conjunto!

18 iSi los cuento... son más numerosos que la arena!

iY, cuando despierto, todavía estoy contigo!

19 ¡Dios mío, si mataras al malvado!

¡Si los asesinos se apartaran de mí!

20 Ellos hablan de ti con ironía,

y en vano se rebelan contra ti.

21 ¿No vaya odiar yo a los que te odian?

¿No voy a detestar a los que se rebelan contra ti?

22 iLos odio con un odio implacable!

¡Los tengo por mis enemigos!

23 iSondéame, oh Dios, y conoce mi corazón!

iPonme a prueba, y conoce mis sentimientos!

24 Mira si voy por un camino funesto,

y guíame por el camino eterno.


Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)


Salmo 139

¿Quién conoce a Dios?

Israel expresa en este himno la pequeñez de su mente ante la insondable inteligencia y sabiduría de Yavé. Él conoce hasta lo más oculto de sus obras y, por supuesto, el broche de oro de su creación: el hombre. Nada se esconde a la luz de su mente y su mirada.

El salmo describe con palabras sumamente poéticas esta mirada de Yavé que alcanza al hombre por más que éste quiera esconderse de Él: «Señor, tú me sondeas y me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, de lejos penetras mi pensamiento. Examinas cuando ando y cuando me acuesto, todos mis caminos te son familiares...

¿Adónde podría ir, lejos de tu soplo? ¿Adónde podría huir, lejos de tu presencia?».

El poema no pretende en absoluto crear una situación de temor ante Dios que sabe todo acerca del hombre, algo así como si estuviese al acecho ante sus faltas. Es un canto a su grandeza, majestad y sabiduría. Lo que sí manifiesta su autor es su imposibilidad para penetrar la mente e inteligencia de Yavé. Considera esto un retovinalcanzable a sus posibilidades reales de conocimiento:

«Es una sabiduría maravillosa que me sobrepasa, ¡es tan sublime que no puedo alcanzarla!».

Esta realidad nos lleva a la reflexión que nos legóbJob, abrumado también él por el insondable misterio de la sabiduría y del ser de Dios: «La sabiduría, ¿de dónde viene? ¿Cuál es la sede de la inteligencia? Dice el abismo: no está en mí, y el mar: no está conmigo. No se puede dar por ella oro fino, ni comprarla a precio de plata...» (Job 28,12-15).

El dilema que Job nos presenta nos lleva a una pregunta que hoy, más que nunca, es actual. A la vista de

los signos del universo –sol, luna, estrellas, etc.– podemos deducir que Alguien tuvo que hacerlos. Sí, pero ¿quién es ese Alguien? ¿Quién es, pues, Dios? Podemos deducir que existe, pero, ¿cómo conocerle?

Parece un dilema sin respuesta pero sí la tiene. Dios se ha encarnado en el Mesías, en Jesucristo. Bajo su luz podemos desentrañar y clarificar este interrogante que, de una forma u otra, ha anidado no sólo en el pueblo de Israel sino en todos los de la tierra.

Si es cierto que no es posible a ningún hombre conocer, penetrar, el misterio de Dios, Él se nos ha dado avconocer por medio de su Hijo. Jesús hace caer en la cuenta a su pueblo que por más que su boca nombre a Dios, en realidad no le conoce, mientras que Él sí: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi

Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: Él es nuestro Dios, y sin embargo no le conocéis. Yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco y guardo su Palabra» (Jn 8,54-55).

Entramos en uno de los núcleos más apasionantes de la buena noticia que es el Evangelio: Jesucristo sí conoce a Dios; y es más, le llama: mi Padre. La buena noticia no es simplemente que el Señor conozca a Dios, su Padre, sino que también nosotros podemos entrar en las  profundidades de su misterio y sabiduría, porque, como dice el apóstol Pablo, tenemos la mente luminosa de su Hijo: «Porque, ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16).

El apóstol dice que los discípulos tienen la mente del Señor Jesús. Él es la sabiduría de Dios (1Cor 1,30). Por Él somos iluminados acerca del misterio de Dios que está fuera del alcance de los ojos, los oídos y corazón del hombre. Lo inalcanzable se nos hace próximo e íntimo gracias al Espíritu Santo enviado por el Señor Jesús: «Anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios»(1Cor 2,9-10).

Es indudable que el apóstol está dando fe de la promesa que su Señor Jesús anunció durante la última cena. 

Esa noche Jesús prometió el envío del Espíritu Santo, que iría a enseñar, revelar, en la mente y el corazón de los hombres el Evangelio que su Padre había puesto en su boca. 

Evangelio que los apóstoles todavía no habían sido capaces de entender, y que, como nos dicen los Padres de la Iglesia, lleva oculto en sí el misterio de Dios, su rostro que ilumina las tinieblas del hombre.

A partir de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, y como don suyo, tenemos el camino abierto para conocer a Dios, cosa que el autor del salmo consideraba imposible e inalcanzable.

El Señor Jesús nos dice que este don de llegar a conocer el misterio de Dios está reservado para los que se hacen pequeños: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y dela tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños... Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,25-27).




 

 


 

jueves, 21 de noviembre de 2024

Salmo 138(137). Himno de acción de gracias(Dios culmina su obra)

1De David.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón.
En presencia de los ángeles, canto para ti.
2 Me postro hacia tu santuario,
y doy gracias a tu nombre,
por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa supera a tu fama.
3 Cuando grité, me escuchaste,
y aumentaste la fuerza en mi alma.
4 Que te den gracias, Señor, todos los reyes de la tierra,
porque oyen las promesas de tu boca.
5 iCanten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande!
6 El Señor es sublime, pero se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
7 Cuando camino entre peligros,
tú me conservas la vida.
Extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo,
y tu diestra me salva.
8 El Señor lo hará todo por mí.
iSeñor, tu amor es para siempre!
iNo abandones la obra de tus manos!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 138
Dios culmina su obra
Un fiel israelita abre su corazón en su oración ante Dios. 
Tiene la certeza de que ha sido escuchado por Él, que no ha 
defraudado los anhelos de su alma, por lo que su gratitud 
empapa toda su plegaria como si estuviese derramando un 
frasco de esencias: «Te doy gracias, Señor, de todo 
corazón. En presencia de los ángeles canto para ti. Me 
postro hacia tu santuario y doy gracias a tu nombre, por tu 
amor y tu fidelidad, porque tu promesa supera a tu fama. 
Cuando grité, me escuchaste, y aumentaste la fuerza en mi 
alma».
A lo largo del poema se suceden las más ricas 
expresiones de ensalzamiento a Yavé por su grandeza, por su 
gloria y, también, porque se ha sentido protegido por su 
mano salvadora: «¡Canten los caminos del Señor, porque la 
gloria del Señor es grande! El Señor es sublime, pero se 
fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando 
camino entre peligros, tú me conservas la vida. Extiendes 
tu brazo contra la ira de mi enemigo, y tu diestra me 
salva».
Todo el salmo es un sucederse de bendiciones a Yavé. 
Nos sobrecoge la esperanza que envuelve a su autor, David, 
quien culmina su himno con una preciosa confesión de fe, un 
abandonarse confiadamente a Dios, movido por la certeza de 
que Él no abandona nunca la obra de sus manos, al 
contrario, lleva a su plenitud todo lo que ha comenzado: 
«El Señor lo hará todo por mí. ¡Señor, tu amor es para 
siempre! ¡No abandones la obra de tus manos!».
Nos encontramos con un texto salmódico que refleja 
entre líneas la auténtica vocación del hombre y su culmen: 
llegar a ser hijos de Dios. Esta es la obra que lleva entre 
manos con cada uno de nosotros.
Es cierto que, si nuestros ojos se detienen ante el 
mal que nos rodea, incluido el que nosotros mismos llevamos 
dentro, nos da por pensar que este poema del rey David no 
deja de ser sino un manojo de ideales y buenos deseos, 
preciosos pero tan poéticos como irreales.
Sin embargo, nos sumergimos en la espiritualidad de 
las Escrituras y constatamos que sólo los pequeños son 
capaces de asombrarse ante la palabra de Dios y sus 
promesas. Los pequeños de Dios entienden perfectamente que 
el rey David no desvariaba en absoluto, que sus anhelos no 
eran idílicos sino reales. Tan verídica es la palabra de 
Yavé, que envió a su Hijo para completar, como dice el 
salmo, la obra de sus manos. En y por Jesucristo, Dios 
culmina la creación del hombre.
Pablo llama a esta culminación del hombre su segunda y 
definitiva creación, la cual es posible a causa de la obra 
reconciliadora del Señor Jesús: «Por tanto, el que está en 
Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es 
nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo 
por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación»
(2Cor 5,17-18).
Jesucristo da testimonio de que el Padre le ha enviado 
al mundo para llevar a término la obra que inició con la 
creación. Así lo hace saber a sus discípulos después de su 
conversación con la samaritana: «Mi alimento es hacer la 
voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 
4,34).
A pocas horas de entregar su vida, Jesús se dirige a 
su Padre en oración. Se trasluce la alegría de la misión 
cumplida, pues ya le puede presentar el culmen de la obra 
para la que ha sido enviado: «Yo te he glorificado en la 
tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste 
realizar» (Jn 17,4).
Sabemos que esa misma noche fue llevado como un 
malhechor a juicio y que al día siguiente fue crucificado. 
Mas, instantes antes de morir, gritó su victoria «¡Todo 
está cumplido!» (Jn 19,30).
Todo está cumplido. Cumplir en la Escritura significa 
«llenar», algo que ha alcanzado su plenitud. El Señor 
Jesús, triunfador de la muerte, anuncia que se ha 
completado lo que le faltaba al hombre: llegar a ser hijo 
de Dios.
Todo está cumplido. La Escritura pasa de ser palabra-
ley, que dice y no hace, para convertirse en Palabra que da 
la vida, es decir, que dice y hace. Dios, vivo en la 
Palabra, tiene poder para engendrar hijos e hijas en todos 
aquellos que, como María de Nazaret, la escuchan, la 
acogen, la guardan y la defienden ante la tentación y la 
prueba. Se esconde y se defiende, como hizo el hombre aquel 
que encontró el tesoro escondido: «El Reino de los cielos 
es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al 
encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la 
alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y lo compra»
(Mt 13,44).
Dios hace su obra en el hombre por la Palabra. Esta es 
«operante», es decir, que opera, obra en el que la acoge. 
Así nos lo afirma el apóstol Pablo: «No cesamos de dar 
gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os 
predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino 
cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece 
operante en vosotros los creyentes» (2Tes 2,13).

Salmo 118(117). En la fiesta de las Tiendas(Jesucristo, salvador)



Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque su amor es para siempre!
2 Diga la casa de Israel:
¡Su amor es para siempre!
3 Diga la casa de Aarón:
¡Su amor es para siempre!
4 Digan los que temen al Señor:
¡Su amor es para siempre!
5 En mi angustia grité al Señor:
él me escuchó y me alivió.
6 El Señor está conmigo: ¡Nunca temeré!
¿Qué podría hacerme el hombre?
7 El Señor está conmigo, él me ayuda:
¡veré la derrota de mis enemigos!
8 Mejor es refugiarse en el Señor,
que confiar en el hombre.
9 Mejor es refugiarse en el Señor,
que confiar en los jefes.
10 Todas las naciones me rodearon:
ien el nombre del Señor, las rechacé!
11 Me rodearon, estrecharon el cerco:
¡en el nombre del Señor, las rechacé!
12 Me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en la zarza:
¡en el nombre del Señor, las rechacé!
13 Me empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me socorrió.
14 El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
15 Hay gritos de júbilo y de victoria
en las tiendas de los justos;
<<iLa diestra del Señor es poderosa!
16 ¡La diestra del Señor es sublime!
iLa diestra del Señor es poderosa!».
17 No moriré. Viviré
para contar las hazañas del Señor.
18 ¡Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte!
19 Abridme las puertas del triunfo:
entraré dando gracias al Señor.
20 Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
21 -iTe doy gracias, porque me escuchaste,
y fuiste mi salvación!
22 La piedra que rechazaron los constructores
se ha convertido en la piedra angular.
23 Esto es cosa del Señor,
una maravilla ante nuestros ojos.
24 Este es el día en que actuó el Señor:
exultemos y alegrémonos con él.
25 ¡Señor, danos la salvación!
iSeñor, danos la prosperidad!
26 -iBendito el que viene en nombre del Señor!
Os bendecimos desde la casa del Señor.
27 El Señor es Dios: ¡él nos ilumina!
-Organizad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.
28 iTú eres mi Dios, te doy gracias!
¡Dios mío, yo te exalto!
29 ¡Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque su amor es para siempre!

Reflexiones del padre Antonio Pavía: ​(extractadas de su libro "En el Espíritu de los Salmos" y publicadas con autorización expresa de la Editorial San Pablo)

Salmo 118
Jesucristo, salvador
Este salmo es una gran aclamación festiva del pueblo que, 
reunido en asamblea, canta el amor de Yavé, inmutable y 
eterno. Israel se considera a sí mismo como las niñas de 
los ojos de Dios; de ahí su rendida confesión a Él por 
tanta bondad y misericordia: «¡Dad gracias al Señor, porque 
es bueno, porque su amor es para siempre! Diga la casa de 
Israel: ¡Su amor es para siempre! ¡Diga la casa de Aarón:
¡Su amor es para siempre! Digan los que temen al Señor: ¡Su 
amor es para siempre!».
A lo largo del salmo se suceden los numerosos motivos 
por los que el salmista proclama la bondad y el amor de 
Yavé. Nos detenemos en uno que nos parece que es el 
compendio de la extraordinaria relación amorosa entre Dios 
y su pueblo; es al mismo tiempo compendio y vértice. Nos 
referimos al versículo cantado por el salmista en estos 
términos: «¡Señor, danos la salvación! ¡Señor, danos la
prosperidad! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».
Salvación y victoria de Yavé en favor de su pueblo 
que, repetidamente, han proclamado también los profetas 
como, por ejemplo, Isaías: «Escuchadme vosotros, los que 
habéis perdido el corazón, los que estáis alejados de lo 
justo. Yo hago acercarse mi victoria, no está lejos, mi 
salvación no tardará. Pondré salvación en Sión, mi gloria 
será para Israel» (Is 46,12-13).
El sello mesiánico del himno se manifiesta con toda su 
fuerza cuando el salmista, al anunciar la salvación y 
victoria de Yavé, bendice al que va a venir en su nombre: 
el Mesías, el enviado.
A este respecto, recordamos las palabras que el ángel 
susurró a José, esposo de María, al anunciarle el misterio 
del embarazo que le tenía perplejo. Una vez que le explica 
lo acontecido con su mujer, le dice que el nombre que debe 
poner al niño ha de ser Jesús, y añade: «Porque él salvará 
a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).
Efectivamente, Dios envía a su Hijo para quitar el 
pecado del mundo. Es un quitar destruyendo, y lo hace de la 
única forma posible, que es asumiéndolo y cargándolo sobre 
sí mismo. Jesucristo, que es el fuego de Yavé hecho carne, 
consume en su propio cuerpo todo pecado. No es una simple 
purificación, es un derribar y destruir el muro insalvable 
que separa al hombre de Dios. Jesucristo, el cordero sin 
mancha, es nuestra victoria, es nuestra salvación; abre 
nuestros ojos para conocer a Dios a la luz de la verdad y 
entrar en comunión con Él.
En el Señor Jesús, la salvación anunciada por los 
profetas rompe horizontes y se extiende a toda la humanidad. Él es la personificación del amor eterno de Yavé 
que, con tanta riqueza, canta y proclama este salmo.
Recordemos la entrada mesiánica de Jesucristo en 
Jerusalén. La muchedumbre extendía los mantos a lo largo 
del camino y agitaban ramos de olivo a su paso, al tiempo 
que le aclamaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el 
que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
(Mt 21,9).
Hosanna es un término hebreo que significa ¡Dios 
salva! La multitud vio en Jesucristo al enviado de Yavé 
para salvar, de forma que, en este contexto, podemos 
traducir la aclamación ¡hosanna! por ¡Jesucristo salva! El 
pueblo vio en Él la respuesta de Dios a sus ansias de 
salvación. Ansias de salvación extendida a la humanidad 
entera. Todo hombre siente la necesidad imperiosa de vivir 
eternamente, de que su vida no tenga con la muerte su punto 
final. Todos hacemos a lo largo de nuestra historia 
experiencias de amores, tanto dados como recibidos. Son 
estas experiencias las que nos catapultan, consciente o 
inconscientemente, al deseo de vivir un amor eterno e 
ilimitado en su intensidad. La salvación, incubada en 
Israel en un límite simplemente político-territorial, se 
amplía en Jesucristo alcanzando los deseos innatos más 
profundos del hombre.
Dios es amor, y por amor envía a su Hijo para que este 
nuestro deseo-intuición llegue, como hemos dicho, por medio 
de Él a su cumplimiento y plenitud. Esta es la salvación, 
la victoria que Jesucristo nos otorga. Libre y 
voluntariamente, muriendo, venció nuestra muerte liberando 
nuestro sello de eternidad.
Así nos lo anuncia el apóstol Pablo en sus catequesis: 
«Mas cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro 
Salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no por 
obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según 
su misericordia, por medio del baño de regeneración y de 
renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros 
con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para 
que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos 
herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tit 2,4-7).
San Pablo puntualiza, en otra de sus cartas, que esta 
salvación prometida a Israel ha sido abierta por Jesucristo 
a los gentiles, a todos los hombres: «En él también 
vosotros, tras haber oído la palabra de la verdad, el 
Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, 
fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que 
es prenda de nuestra herencia...» (Ef 1,13-14).

martes, 19 de noviembre de 2024

Partiendo la Palabra.¿Donde está tu Dios? III

Partiendo la Palabra.¿Donde está tu Dios? III

Nos fijamos en la desolación que está viviendo un fiel israelita en su destierro. Nuestro amigo sufre indeciblemente,  no tanto  por lo que le hayan hecho sus enemigos,  que han provocado su expulsión de Jerusalén, sino por estar lejos del Templo de la Gloria de Yavhe : el Templo de Jerusalén, donde los fieles israelitas, aquellos  que como dijo Jesús, no viven en la doblez ni el engaño, saben lo que es adorar al Duos vivo.( Jn 1,47 )  Este israelita sufre amargamente por el hecho de que " su alma tiene sed del Dios vivo y como que cuenta los días que le faltan para encontrarse nuevamente con su Dios en el Templo ( Sl 42,2-3 ) Por si fuers poco, su aflicción, que es mucho mayor que el de un simple sentimiento de melancolia, se clava como un puñal  en su corazón y en su alma,  al escuchar las despiadadas  burlas de quienes le rodean, que le dicen  prepotentemente : ¿ Donde está tu Dios? ( 42,4..? Burlas hirientes que bien conocemos los que somos o deseamos ser discípulos de Jesús,  de parte de aquellos que nos dicen de mil maneras: ¿ Donde está tu Dios ? ¿ Que ha hecho y hace por ti ! A veces no acertamos a responder porque..¿ Como explicar a un ciego de nacimiento, como son los colores ? 
P. Antonio Pavía 
comunidadmariamadreapostoles.com