lunes, 11 de abril de 2016

El Espíritu Santo, ese Dios desconocido de muchos.- Estudio completo.- (por Tomás Cremades)

El Espíritu Santo, ese Dios desconocido de muchos 
 
Índice
1.-LA MISION DEL ESPIRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
2.-EL ESPIRITU SANTO Y JESUS
3.-EL ESPIRITU SANTO Y LA IGLESIA
 
 INTRODUCCION.- NOTA DEL AUTOR
El desarrollo de este trabajo comprende tres partes bien diferenciadas. Pero no por ello son incongruentes entre sí, sino que las tres forman parte de un todo, de tal manera que, el desarrollo del conjunto presenta una armonía: La inmensidad de Dios es tan grande, infinita, que fue preciso en su Sabiduría introducir al hombre poco a poco en el ámbito de la fe con el conocimiento paso a paso, y de ahí que se den tres etapas de conocimiento: el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento con la llegada del Mesías, nuestro Señor, y lo que, podríamos llamar, el fruto final de este camino, con el depósito de la fe transmitida por la Tradición y la Iglesia.
Para la realización del mismo, el autor se ha inspirado en las clases que sobre el tema imparte la Universidad Católica de Ávila en la asignatura de Teología de la carrera de Ingenieros Industriales.
1.-LA MISION DEL ESPIRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
El Espíritu Santo es el “Gran Desconocido” de la Santísima Trinidad. Es el menos visible en la historia de la salvación. Pero Dios, en su inmensa Sabiduría, nos lo da a conocer de forma que pueda ser asimilada por el hombre, que nunca podrá comprender en su plenitud, pero que Él buscará los cauces y caminos para que se le llegue a conocer en la medida sólo prevista por Él.
El Antiguo Testamento comienza invitándonos al conocimiento del Espíritu como un soplo de su aliento. Y así, en el Libro del Génesis, primero del Pentateuco, en el capítulo (Gen1,2) nos comenta que dentro del caos existente en la Creación, el Espíritu de Dios “ aleteaba” sobre las aguas.
El profeta Ezequiel compara al pueblo de Israel como un campo de huesos (Ez 37), a los que por medio del “soplo” de Dios, le van creciendo carne, piel, músculos, nervios, que posteriormente recibirán el Espíritu. Y así, nos dice textualmente: “Así dice el Señor Yahveh: ven Espíritu de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan” (Ez 37,10).
Si vamos a la enseñanza de los Salmos, podemos anunciar: “Por la Palabra de Yahveh fueron hechos los cielos, por el aliento de su Boca todos sus ejércitos” (Sal 36,6)
Y, por último, en el bellísimo Salmo 104, nos dice: “Si envías tu aliento, son creados y renueva la faz de la tierra” (Sal 104,30)
Progresando en la Escritura, el Espíritu de Dios se nos presenta como interviniente en la historia de Israel para protección y gobierno, incluso para su defensa. Lo vemos reflejado en el libro de los Jueces cuando nos dice: “El Espíritu de Yahvéh vino sobre él, fue juez de Israel y salió a la guerra”, (Jue 3, 10),refiriéndose a Otniel, Juez de Israel.
Igualmente el Espíritu de Yahveh vino sobre el juez Jefté en su lucha contra los amonitas, como nos lo recuerda el libro de los Jueces en su capítulo 11, versículo 29: “…El Espíritu de Yahvhe vino sobre Jefté, que recorrió Galaad, Manasés, y pasó por Mispé de Galaad donde los Amonitas…”
En la consagración de Saúl como rey de Israel, nos dice: “Te invadirá el Espíritu de Yahvéh, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre” (1 Sam 10,6-10) y En la victoria de Saúl, rey de Israel, contra los amonitas, al ver a su pueblo llorando, le invadió el Espíritu de Dios, irritándose sobre manera” (1 Sam 11,6)
A veces el Espíritu se presenta como un “don permanente”, asegurando la fidelidad de una determinada misión. Y así encontramos en el libro del Génesis, cuando José, hijo de Jacob, es nombrado Primer Ministro por el faraón de Egipto, por la interpretación de los sueños: “¿Acaso se encontrará otro como éste que tenga el Espíritu de Dios? (Gen 41,38)
Hay un texto bellísimo en la salida del pueblo de Israel de Egipto, en lo que se refiere a las quejas contra Yahvhé; se han cansado de comer el maná, y añoran la comida que tenían aun estando esclavos;  las quejas encienden “la ira “de Yahvhé y ardió contra ellos su fuego devorando una parte del campamento. Por eso se llamó a esa zona Taberá, porque había ardido el fuego de Yahvhé contra su pueblo. Y entonces interviene Moisés quejándose de la pesada carga que le ha encomendado, y diciéndole que se acuerde de su pueblo, el que Él ha dado a luz. Y Yahvhé, Dios Misericordioso, suscita setenta ancianos entre los escribas para ayudarlo. Y le dice: “...Yo bajaré -a la Tienda del Encuentro-, a hablar contigo; tomaré parte del Espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos para que lleven contigo la carga del pueblo…” (Num, 11, 14-25)
Más tarde, en el episodio de la inminente muerte de Moisés a la puerta de la tierra Prometida, Yahvhé suscita un nuevo Jefe para su Pueblo: Josué. Y lo elige con estas palabras: “…Toma a Josué, hijo de Num, hombre en quien está el Espíritu…” (Num 27,17-18)
Y siguiendo el camino del Antiguo Testamento, ya que el hombre es incapaz de volverse- convertirse- a Dios, Él suscita profetas que anuncien su Palabra. Los Profetas no personas que adivinan el futuro; esos son los mal llamados “adivinos”. Los Profetas anuncian la Verdad y la Omnipresencia de Dios, a los que se les ha enviado su Espíritu.
Y es Ezequiel el Profeta de los llamados “mayores”, junto a Isaías, Jeremías y Daniel, quien de forma esplendorosa traerá a los hombres de su tiempo y futuros, la idea del Espíritu de Yahvhé.
Comienza con la visión de la “gloria de Dios” que le dice: “…Levántate, “hijo de hombre” porque voy a hablarte. Cuando el Espíritu me habló entro en mí y me hizo permanecer en pie, y  yo escuché al que me hablaba…” (Ez 3, 1-2)
Esta expresión de “hijo de hombre”, es una expresión mesiánica, recogida en la Escritura por primera vez en el libro de Daniel, capítulo 7; y nos está profetizando ya al Mesías. Y dice que cuando el Espíritu entró en él, permaneció “en pie”; es la postura del Resucitado, Jesús.
Continuando con Ezequiel, leemos más adelante la renovación de la promesa hecha por Dios, arrancando de los hombres el corazón de piedra para darles un corazón de carne. Y anuncia: “…Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que cumpláis mis preceptos (podemos traducir por Palabra), y que sigáis mis leyes…” (Ez 36, 24-28)
Siguiendo con los Profetas Mayores, Isaías nos anuncia proféticamente que el Mesías saldrá de la estirpe de David, a través de su padre Jesé: “…Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre Él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de de ciencia y temor del Señor…” (Is 11, 1-2)
El profeta Isaías comenta también: “…He aquí a mi Siervo a quien yo sostengo, mi Elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre Él: dictará ley a las naciones…” (Is 42, 1).
Es lo que se conoce como “El Canto primero del Siervo de Yahvhé”. Jesucristo es el auténtico y único “Siervo de Yahvhé” en quien Dios se complace. Así nos lo hace saber en el Bautismo de Jesús: “…Este es mi Hijo amado, en quien me complazco…” (Mt 3,17)
Más adelante, nuevamente Isaías anuncia con solemnidad: “…El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva (el Evangelio), a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos y proclamar un año de gracia del Señor…” (Is 61, 1-2) 
Este texto es totalmente relevante, porque así comienza la predicación del Señor Jesús como nos recuerda el Evangelio de Lucas en su capítulo 4. (Lc 4, 14-22 a)
En definitiva, vemos que todo el antiguo Testamento, nos inicia en el comienzo de la Trinidad en la Persona del Espíritu Santo de Dios.
2.-EL ESPIRITU SANTO Y JESUS
Como acabamos de indicar en el párrafo anterior, este texto de Isaías nos introduce de lleno en toda la vida pública de Jesús, nuestro Maestro y Señor.
Y comenzamos con la Encarnación  de Jesús en las entrañas purísimas de su Madre y nuestra Madre, María de Nazaret. Desde toda la eternidad, Dios ha preparado su Venida fijándose en una doncella de Nazaret; ella fue concebida sin pecado original, tal como correspondía a la Madre de Dios, conservándola sin mancha de pecado alguno, proclamada solemnemente por el Papa Pío lX el 8 de Diciembre de 1854 como el dogma de la Inmaculada Concepción.
Ella es la Zarza ardiente de Moisés que lleva al Señor en su seno y no se consume. Ya en la visita del ángel Gabriel la llama “llena de gracia”, y le avisa que “el Señor está contigo”; y su prima santa Isabel, esposa de Zacarías, la llama “bendita entre todas las mujeres y bendito el fruto de su seno”. (Lc 2, 42-46)
Y en la ternura de Dios para con sus criaturas, le pide permiso para engendrar en Ella por el Espíritu Santo a su Hijo Jesús. María, accede con el “¡Fiat!”, “¡Hágase! Según la Voluntad de Dios. 
Así, de esta manera se introduce en el mundo la figura de Jesucristo, Pontífice y único Sacerdote, como puente entre Dios y los hombres.
Y comienza la vida pública de Jesús, con el Bautismo de su primo Juan, donde el Padre se manifiesta diciendo: “…Este es mi Hijo único, el Amado…”, cumpliéndose así lo que ya habíamos visto en (Is 61,1). Jesucristo es pues el Ungido de Dios, el Humilde por excelencia, el Cristo, que en griego significa Mesías.
Este término de “unción” representa la permanencia del Espíritu en la Humanidad de Jesús. Y es el Espíritu el que le envía como primera misión a ser tentado en el desierto, para ser igual en todo a los hombres excepto en el pecado. Lo relata Lucas: “…Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán  y era conducido por el Espíritu en el desierto durante cuarenta días tentado por el diablo…” (Lc 4,1) En los versículos siguientes Jesús es tentado por tres veces, venciendo al Tentador Satanás, que le esperará de nuevo para tentarle “en otra ocasión”.
Durante toda su vida pública, Jesús se mantiene en constante unión con el Padre, cumpliendo su Misión  en espíritu de obediencia, pues el Espíritu Santo reposa en Él y su alimento es hacer su Voluntad, incluso entregando su Vida al Padre.
Este sacrificio de Jesús, entregando su Vida para el perdón de los pecados de los hombres, nos abre de nuevo las puertas de la Vida Eterna, cerradas por el pecado original de nuestros primeros padres Adán y Eva. Y es el único medio sacrificial por el que el hombre puede llegar a ella, pues los sacrificios rituales del pueblo de Israel no tenían esa capacidad de perdón. Y esto es por varios motivos:
1º El animal no tenía voluntad de ofrecerse en sacrificio. Jesucristo se ofreció voluntariamente por nosotros
2º El sacerdote y el pueblo ofrecían una víctima separada de ellos, ajena a su persona. Cristo se ofrece a sí mismo, en su Divinidad, de valor, por consiguiente, infinito.
3º El sacerdote, lleno de pecados, como humano, no tenía en sí mismo el Espíritu de Santidad. Cristo sí, de la misma naturaleza que el Padre, Dios Eterno.
En la Encíclica “Dominun et Vivificantem” del Papa san Juan Pablo ll, nos dice que la muerte de Jesús es fecunda, que en Jesús actúa el Espíritu Santo, y lo consuela y santifica hasta el final de su vida.
En la Resurrección de Jesús, el Espíritu actúa y le acompaña para situarlo a la derecha del Padre según se relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “…Así pues, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado…” (Hech 2, 32-33)
Por fin, cuando ha llegado su “hora”, ya anunciada por los profetas, es cuando nos promete el envío del Espíritu Santo:”…Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce…” (Jn 14, 16-18), y también: “… cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí…” (Jn 15,26). Y Jesús continúa hablando del Paráclito, el enviado por Él: “…Os conviene que me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy, os lo enviaré…” (Jn 16,7-8).
Más adelante, en este mismo capítulo dice Jesús:”… Cuando venga el Espíritu de la Verdad os guiará hasta la Verdad completa, pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir…” (Jn 16, 13-14). Es decir, el Espíritu Santo, que nos conviene que venga, nos explicará toda la Verdad de Dios Padre, nos revelará su Nombre, para que el Amor con que Dios ha amado a su Hijo esté con nosotros y Él también con nosotros. (Jn 17 26)
Este Espíritu nos es dado en Pentecostés,cuando, estando reunidos en el Cenáculo los discípulos recibieron el don de lenguas, como muestra el episodio narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “…De repente vino del cielo un ruido como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa en que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de los Apóstoles, se llenaron todos del Espíritu Santo  y se pusieron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse…” (Hch 2, 1-5)
Ya no fue un viento suave como en el episodio del profeta Elías en el Carmelo; fue un viento impetuoso, que les impulsó a hablar. Es decir, les impulsó a llevar la Palabra de Dios, Jesucristo, su Evangelio, a todos los lugares del mundo, representados por las diferentes formas de hablar.
 
 
 
 
 
3.-EL ESPIRITU SANTO Y LA IGLESIA
Así pues, el origen de la Iglesia, la Eclesía, la comunidad de creyentes en Cristo Jesús y su Evangelio, tiene su origen en este episodio de los Hechos de los Apóstoles, con la donación del Espíritu de Dios. Este Espíritu es el que da Testimonio de Jesucristo, de su Palabra, que es su Santo Evangelio.
Este Espíritu ilumina a los discípulos de todos los tiempos, seglares, diáconos y sacerdotes, Obispos y el sumo Pontífice, el Papa.
De tal forma ilumina este Espíritu, que en el martirio del protomártir Esteban, diácono, los acusadores de él no eran capaces de enfrentarse a su sabiduría: “…Se presentaron algunos de de la sinagoga llamada de los Libertos, y otros de Cilicia y Asia que discutían con Esteban pero no eran capaces de enfrentarse a su sabiduría y al Espíritu con que hablaba…” (Hch 6, 9-11)
Merece la pena en este relato de la presencia de el Espíritu de Dios en la Iglesia, que nos detengamos muy brevemente en la lapidación de Esteban: “…Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie, a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie, a la diestra de Dios…”( Hch 7, 55-57)
Es decir, Esteban, imagen de Jesucristo en la Escritura, que muere perdonando a sus asesinos, ve la Gloria de Dios y a Jesucristo como TESTIGO FIEL, en pie, como RESUCITADOtestificando ante el Padre a su favor.
El libro de los Hechos de los Apóstoles, todo él,habla de la influencia del Espíritu en su predicación; y así se nos relata cuando Pedro y Juan acaban de curar a un paralítico en Nombre de Jesucristo. Son increpados por los fariseos, y Pedro, tal como se dice textualmente, “lleno del Espíritu Santo”, catequiza a los oyentes indicando que la curación ha sido por medio de Jesucristo a quienes ellos mismos crucificaron. Esta afirmación sirvió para que sufrieran el castigo de la flagelación.
Más adelante, para seguir las trazas de la Iglesia primitiva y la intervención del Espíritu Santo en ella, nos encontramos con el envío a predicar de Bernabé y Saulo: “…Mientras estaban ayunando y celebrando el culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que les tengo llamados…” (Hch 13, 3-4)
Hay un hecho relevante en los primeros tiempos de la Iglesia que es el Bautismo de los primeros gentiles: “…Estaba Pedro diciendo estas cosas, cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra; y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido también derramado sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios…” (Hch 10, 44-47)
Más adelante, Pablo, el converso perseguidor de los cristianos, y vuelto a la Vida por la acción del Espíritu de Dios, dirá a los romanos en su Carta: “…El Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado…” (Rom 5,5), cuyo primer efecto es el perdón de los pecados, introduciéndonos en el Amor de Dios derramado en nosotros: “…La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor 13,13)
Es este Amor de Dios el que se derramó sobre nuestros corazones el que nos ha sellado en arras sobre ellos. Dice san Pablo: “…Es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió y el que nos marcó con su sello, y nos dio en arras el Espíritu Santo en nuestros corazones” (2 Cor 1,21)
El cristiano está llamado a ser testigo de Jesucristo  en todo el mundo, y el Espíritu Santo nos dará la fuerza para anunciarlo. Así nos lo dice Jesús inmediatamente antes de su Ascensión a los Cielos: “…Cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis una fuerza, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra…” (Hch 1,8-9) 
La vida del cristiano es vida espiritual en el Espíritu Santo, según la imagen de Jesucristo revelada en su Evangelio, y el fruto de esa imagen es la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la fidelidad la mansedumbre y la templanza, como nos recuerda Pablo en su Carta a los Gálatas (Gal 5,22), pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. 
El Espíritu Santoque siempre es el Espíritu de Cristo, nos impulsa a renunciar a nosotros mismos porque, como dice Mateo en (Mt 16, 24-26): el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que   pierda su vida por mí la encontrará.
De esta forma, la Iglesia, que somos todos los bautizados, participa de la acción salvadora y salvífica del Hijo, Jesucristo, con la acción del Espíritu de Dios Padre.
Iglesia es comunidad de creyentes, pues el templo, que no es la Iglesia, somos cada uno de nosotros como templo del Espíritu Santo: “… ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto a Dios, con vuestro cuerpo (1Cor 6,19-20)
Para finalizar,  hemos de recordar los siete dones del Espíritu Santo, dones derramados en nuestros corazones, según la Tradición de la Iglesia:
1.- Don de temor de Dios. Que se confunde con “temor a Dios”. Es temor a perderle por nuestras iniquidades
2.-Don de Piedad. Que nos hace amar a Dios como el único Señor; no como el primero, pues si fuera así, fácilmente habría un segundo y un tercero…que podrían sobrepasar al primer Amor.
3.-Don de ciencia. Que nos hace comprender la finalidad de las cosas creadas por Dios, admitiendo nuestra pequeñez, aceptando sin comprender como María de Nazaret, siendo los “pequeños” de Dios.
4.-Don de fortaleza.- Para perseverar en nuestra fidelidad a Dios, realizando las obras encomendadas por Él.
5.-Don de consejo.- Para poder ayudar a los hermanos, con buen juicio en la presencia de Dios
6.-Don de entendimiento.- Para ayudar a comprender, penetrar y contemplar las maravillas de Dios
7.-Don de Sabiduría.- Para llenarnos del conocimiento de Dios. “Pues aunque uno sea perfecto ante los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede Dios será estimado en nada” (Sb, 9)
Alabado sea Jesucristo
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